dimarts, 19 de gener de 2016

HORDAS DE EGÓLATRAS


Déspotas que no se sienten parte de mundo sino que lo interpretan como un apéndice de su presuntuoso yo. Tiranizan, arrasan, torturan, hora sí y hora también. Saben que el tiempo no se repite y raptan el de sus víctimas para sumergirlas en la sinrazón. No importa su edad, son una raza atemporal que engulle lo que se cruza a su paso. Como un huracán sutil desmontan nuestras vidas sin piedad. ¿Qué hacer? No hay otra que la huida, dejarlos con sus paupérrimos objetivos, abandonar a nado, de noche y sin esperanza su taimada gravedad. ¿Es suficiente? No, se cuelan por debajo de la puerta, en un aliento desnortado, en una mal paso sin suerte. Lo mejor, edificar un castillo de insalvables murallas. Y pedir a cada roce el santo y seña.



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