dimarts, 13 de gener del 2015

NEGOCIOS FAMILIARES




Un hijo es una mercancía. ¿Cómo? No, no, por favor, no escriba barbaridades. Se tienen por amor, por perpetuar la especie, para volcar todo el cariño que nos sobra. Hasta los 18 años ese hijo tiene obligatoriamente dos propietarios si éstos no se separan. ¿Propietarios? No se le ocurra denominar así a sus progenitores, es una desfachatez lo suyo. Lo cuidan con denuedo, con gusto, procuran su bienestar sin límite y se ocupan de su crecimiento en todos los aspectos. La ruptura del negocio familiar (divorcio) genera beneficios y pérdidas a los socios fundadores. Indecente, insensible, marrano, márchese de este chiringuito.



La crisis griega ha puesto al descubierto el negocio del divorcio. Sorprendía cómo las parejas salían de los juzgados abrazadas de la misma forma que entraron años atrás. Donde hubo fuego siempre quedan rescoldos podrían pensar los más ingenuos o los más integristas. Todo era mucho más prosaico. Por firmar un papelito que regulaba civilmente el cese del contrato matrimonial se garantizaban una serie de prebendas: en el caso de familia monoparental el progenitor custodio sería el último en ser despedido de su empresa; policías, militares y otros funcionarios no serían trasladados para poder cumplir el régimen de visitas y se paralizaban los desahucios de la viviendas principales (dónde se guarda la mercancía).


Las disputas por la mercancía son frecuentes en los extintos negocios familiares. La ley española intentó con la implantación de la custodia compartida buscar equilibrio contable entre las dos partes. Poco tiempo después los legisladores ya están reculando. Las triquiñuelas para vulnerar los convenios reguladores de divorcio son tan habituales y tan extendidas que al final los jueces se tiene que regir por una máxima salomónica: lo que sea mejor para la mercancía.  La voz de la mercancía (sobre los doce años como criterio comúnmente aceptado) es la que manda. El poder le viene otorgado a los hijos como fuente de litigio, o sea, sufren una repentina apreciación que les permite abrir negociaciones con innegables privilegios. Sobre la mesa suelen haber elementos recurrentes: 
a) el compromiso de que serán el centro del universo (si no quieren que se desdigan y se vayan con el antiguo propietario) aprovechando cierta dependencia emocional del candidato que presenta mayor interés b) inversiones suculentas (ropa, móvil, ocio, vivienda…) que justifiquen la elección 
c) deflación en las exigencias en tareas domésticas o escolares 
e) un status de pobrecitos emocionales que justifica actitudes injustificables en otros casos que no fueran una separación de bienes.
Debajo de ingentes cantidades de moralinas, convencionalismos nostálgicos y otras zarandajas que mantienen la institución familiar como amalgama necesaria del andamiaje capitalista católico occidental están emergiendo intereses poco éticos que influyen decisivamente en la formación de los seres humanos del XXI. Las mercancías (hijos) juegan un papel determinante en el sistema (no basta más que mirar cómo babean los hipsters de entre 40 y 50 tacos) y empiezan a juntar sus cetros (cedidos irresponsablemente por sus anteriores propietarios en busca de pírricas dádivas) para empezar una revolución irresponsable.
Al tiempo.  

dilluns, 12 de gener del 2015

LA PERTINAZ LUCHA CONTRA/POR EL CONOCIMIENTO



¿Por qué le interesa al CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas dependiente del ministerio de Presidencia) cuánto leen los españoles? Lo disimula con ambages sobre la rivalidad entre libro de papel y el digital o con otras menudencias referidas al ocio, pero el fulgor de la perla que obtiene delata a la casta (caspa): Un 35% de españoles no lee NUNCA o CASI NUNCA un libro.  Fetén. Más de un tercio del país no tiene posibilidad de dejar de mirar las sombras que se mueven en el fondo de la caverna y que accionan engañadores profesionales. Con un empujoncito de los que leen una determinada tipología de libro (Sombras de Grey y memorias de la Esteban) podemos conformar una generosa mitad del país atado a las cadenas de su propia ignorancia. No leen nada sobre los economistas que hablan de que es posible la quita de la deuda o de los que advierten seriamente de que otro mundo es posible. Con sus perfectas orejeras dimiten del saber universal legado a través de los siglos y se oponen a la creatividad de la fantasía que les pueda abrir los agujeros tramposos. Erre que erre. Esa mitad de ilegibles se convierten en bocas repetidoras de lo que oyen (trucado, viciado, manipulado) oficialmente y adiestran con su discurso a otros de escalones inferiores. Ya saben la verdadera intención del CIS.
Toda la maquinaria de la distracción (tele, internet) y los años vividos en la institución escolar (que hace aborrecer la lectura con métodos sutiles) han operado correctamente sobre la población para provocar la anestesia perfecta con la que pueden saquear a placer los que tienen las llaves del castillo.
En el otro rincón del cuadrilátero me admira la tenacidad del venerable anciano de 87 años que defiende el conocimiento contra viento y marea. Lejos de bajar la guardia por la proximidad del presumible final recupera el entusiasmo de sus años más briosos para combatir por la emancipación del ser humano de la caverna platónica. Cuando la mayoría de sus contemporáneos se recentan tranquilidad y reposo como carne de balneario, él, sabiendo el peligro que supone dejar a las neuronas sin uso se lanza a la quijotesca cruzada contra los molinos de un mundo que ha homologado un libro a un ovni.  Mi púgil idolatrado es Emilio Lledó, el filósofo, que hace unos días apareció en el programa de Ana Pastor junto a la escritora Elvira Lindo y el economista Luis Garicano reflexionando sobre el envejecimiento de la población española. Se mostraba arisco a entrar en los análisis económicos, percutía una y otra vez, con voz entusiasta desde sus arrugas, en la necesidad de mantener la mente firme hasta el final. No se bajaba del burro: conocer, saber, descifrar, pensar, leer, aprender. Dale que te pego. Disco rayado. La única forma de resistir la ignominia y abrir una nueva vereda (les recomiendo la interpretación del mito de la caverna en un fragmento de La memoria del logos) es el impulso ético, consiste en mantener el ideal de una superación y en la profunda creencia de que el conocimiento es ascensión y liberación. La sutileza del mito nos sitúa, sin embargo, ante nuevos escenarios. El más impresionante, y que después analizará Aristóteles, es el de la felicidad que proporciona el saber. Nada puede compararse a este momento que descubre la relación de los hechos, la justifiicación de los problemas, y el profundo engranaje que organiza la realidad.


Ayer, junto a mi cómplice, compramos en un Rastro local, seis libros por 20 euros. Y poco a poco, levantamos una barricada firme. Ella y yo combatimos del lado de Lledó. ¿Se alistan?

divendres, 9 de gener del 2015

NO TODOS SOMOS CHARLIE HEBDO



Prueben ustedes a ejercitar la libertad de expresión con su jefe. Háblenle sin tapujos, háganle una leve ironía de su estilo de dirigir, bromeen con sus manías y posteriormente vayan empaquetando sus cosas que el despido les está esperando en el departamento de Recursos Humanos.
Prueben ustedes a ejercitar la libertad de expresión con su vecino. Aprovechando la espera del ascensor le comunican con respeto que es una vergüenza que tenga al perro en el patio ladrando como un poseso y que los tufos de sus cagadas suben a su ventana cada dos por tres. Con respeto pero con firmeza. Si le sale un chistecillo barato o un ripio malabar, perfecto, el humor resta dramatismo a la verdad. Le auguro que se harán colegas de sangre, no lo dude, recibirá sus reproches con alegría y lo invitará a unas cañas para discutir otras desavenencias a la primera oportunidad que tenga.


Prueben ustedes a ejercitar la libertad de expresión con su pareja. No se corten, háblenle sin cortapisas, con el corazón en la mano (esta expresión gusta mucho), de su asqueroso aliento también (en lo bueno y en lo malo), por favor, que no se les quede nada en el zurrón que luego se pudre. Unirán dos valores supremos, la libertad y la sinceridad, estandartes de lo que se entiende por una buena relación conyugal. Eso sí, no se olviden de bajar la maleta del armario y de ir empaquetando sus pertenencias. Llámenle intuición a lo que guía mis presagios.
Prueben ustedes a ejercitar la libertad de expresión con los políticos. Váyanse al Congreso de los Diputados o a la Moncloa o al ayuntamiento más próximo y sin miedo alguno diríjanse a ellos y expóngales con jovialidad y desparpajo lo que piensan de ellos. Con pelos y señales, con datos, nada de sensaciones. Tres en uno, hablo de valores cívicos: libertad de expresión, implicación (sinónimo de valentía) y responsabilidad (interés por lo público). Eso sí, avisen a su familia que puede que pasen alguna temporadita entre Bárcenas y Pantoja. O en su defecto, consulten su cuenta bancaria para prever la multa de aúpa que les caerá con la nueva ley Mordaza del beatífico Fernández.


Antes que probarse en situaciones de riesgo tan evidentes en defensa de la denostada libertad de expresión les recomiendo que participen en una manifestación prèt-à-porter y griten como cosacos en defensa de la tolerancia y cómo no, de uno de los derechos fundamentales de una democracia y de nuestra sociedad: LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN. Luego se me sientan delante del televisor y comprueban con sus propios ojos lo que sucede en el resto del mundo, no hagan caso, es una película, la realidad está a salvo con su aportación solidaria. El problema es Willy Toledo, ese mamarracho, actorzucho rojo y tarambana, que con la sangre caliente de los humoristas de Charlie Hebdo se atrevió a equiparar el terrorismo de los Estados occidentales con el de los caníbales favorables al Estado islámico. Siempre meando fuera de tiesto, cómo se le ocurre comparar los asesinatos viles de los caricaturistas que no hacían mal a nadie con sus dibujitos obscenos de Alá con los raids masivos sin tener cuenta ni mujeres ni niños. Unas muertes las provoca la ceguera fanática islamista y las otras la defensa de la libertad de expresión o la protección de los mercados y las materias primas esenciales para que funcione nuestra opulencia, que venido el caso, pudieran ser sinónimos.


Ah, y nos se les olvide colocar un dibujito con un lápiz teñido de sangre en el Facebook. Por cierto, si me enchironan por estas barbaridades que escribo supongo que me montarán una buena concentración delante de cualquier organismo con bandera. Me lo deben.

dijous, 8 de gener del 2015

AÑO III



Aún coincidiendo con el Maestro Sabina en que las mejores promesas son aquellas que no hay que cumplir, propongo este escrito como acta refundacional de VOZ ÁCIDA. Admito que la creación del blog respondió a un ansia de dejar correr el cabreo acumulado, convertir en palabras la bilis estancada, mirar críticamente mi entorno y el general y buscar sus claves. Han pasado dos años del bisoño alumbramiento y la criaturita se ha hecho mayor, 420 escritos así lo atestiguan.
Confieso que en todo este tiempo he sufrido mal de brújula, me ha costado mantener el tono del veneno segregado, poner coto a los desmanes del cursi bobalicón que habita en mis cavernas. A la que me descuido aparece con su habitual bonhomía para genuflexionar mi pensamiento ante lo conveniente. Y eso me revienta, cuando me lo desenmascaro se me llevan los demonios. 
También he padecido el mal de la vuelta de tuerca menos. Sentía que las costuras de los escritos andaban anchas. Supuse que ser juez y parte de una realidad hedionda ofrecía la justa temerosidad para que el castigo fuese soportable. Duele hincar el bisturí en las inercias hasta conseguir que sangren las incoherencias. Pero no me bastaba, había algún mal recóndito que seguía frenando el revés de mi raqueta para ofrecer el golpe que vota sobre la misma línea. La Maestra Angélica Liddell me ofreció su llave inglesa en su homilía Llaga de nueve agujeros.

La palabra busca la aprobación constantemente. Busca la aprobación general, la palabra ama la opinión general, ama el poder. Pero el mundo está fundado en el sufrimiento y en el mal, y la palabra puede ser usada para ir contra el mundo, para rechazarlo, la palabra puede ser usada para ahorcarnos contra el abotargamiento consumista, contra la borreguería tribal.


No hay abrigo para la acidez verdadera (adjetivo que será mi motor durante este nuevo episodio), su supervivencia mama de la marginalidad. No hay propósito encomiable, objetivos sólidos en los que edificar, estrategias adecuadas para llegar a buen puerto. Nada de nada, mamarrachadas.  Me sigo amparando en la Maestra Liddell para reclamar la audacia que provoca la ausencia de recompensa.

La violencia poética fracasa al certificar que nada transforma a los idiotas. Los idiotas ni siquiera pisan los teatros. Y entonces uno se cubre con los relámpagos de la impotencia.

El mundo se desangra por la infelicidad constante de sus miembros, por mucho que se engañen y lo oculten, anda extenuado de mentiras. Las que largan los idiotas (abrumadora mayoría), los que nos gobiernan y los que pontifican desde cualquier púlpito desocupado. Nos desaniman con sus miserias o nos alientan impunemente con sus lemas gastados, nos embadurnan de argumentos ramplones para exprimir una vida que no nos pertenece de tanto alquilársela. Nos abren veredas únicas para que les acompañemos en su mediocridad. Nos hacen sentirnos de su misma casta y condición. Y por no sentir la solitaria disidencia postergamos la réplica. Y yo no quiero. Hasta donde pueda quiero resistir, invocar ese relámpago impotente para desmontar con chispas certeras  la sociedad pequeñoburguesa, bienpensante, correcta, falsamente moderna, falsamente comprometida, falsamente culta.
 
¿Pretencioso? Tal vez. Otros canalizan sus frustraciones apuntándose a un gimnasio, cada cual es cada quien, yo me comprometo a dejarme llevar por los mandamientos de la Maestra Liddell, discípula de Lilith, que empujan abiertamente a la intemperie.

Debemos arriesgarnos y entregarnos a la desaprobación, no a la aprobación. Si hay todavía algo que la gente no quiere escuchar, eso es lo que hay que decir, todo aquello que la gente no quiere escuchar, eso es la libertad, decir todo aquello que la gente no quiere escuchar.