dijous, 8 de gener de 2015

AÑO III



Aún coincidiendo con el Maestro Sabina en que las mejores promesas son aquellas que no hay que cumplir, propongo este escrito como acta refundacional de VOZ ÁCIDA. Admito que la creación del blog respondió a un ansia de dejar correr el cabreo acumulado, convertir en palabras la bilis estancada, mirar críticamente mi entorno y el general y buscar sus claves. Han pasado dos años del bisoño alumbramiento y la criaturita se ha hecho mayor, 420 escritos así lo atestiguan.
Confieso que en todo este tiempo he sufrido mal de brújula, me ha costado mantener el tono del veneno segregado, poner coto a los desmanes del cursi bobalicón que habita en mis cavernas. A la que me descuido aparece con su habitual bonhomía para genuflexionar mi pensamiento ante lo conveniente. Y eso me revienta, cuando me lo desenmascaro se me llevan los demonios. 
También he padecido el mal de la vuelta de tuerca menos. Sentía que las costuras de los escritos andaban anchas. Supuse que ser juez y parte de una realidad hedionda ofrecía la justa temerosidad para que el castigo fuese soportable. Duele hincar el bisturí en las inercias hasta conseguir que sangren las incoherencias. Pero no me bastaba, había algún mal recóndito que seguía frenando el revés de mi raqueta para ofrecer el golpe que vota sobre la misma línea. La Maestra Angélica Liddell me ofreció su llave inglesa en su homilía Llaga de nueve agujeros.

La palabra busca la aprobación constantemente. Busca la aprobación general, la palabra ama la opinión general, ama el poder. Pero el mundo está fundado en el sufrimiento y en el mal, y la palabra puede ser usada para ir contra el mundo, para rechazarlo, la palabra puede ser usada para ahorcarnos contra el abotargamiento consumista, contra la borreguería tribal.


No hay abrigo para la acidez verdadera (adjetivo que será mi motor durante este nuevo episodio), su supervivencia mama de la marginalidad. No hay propósito encomiable, objetivos sólidos en los que edificar, estrategias adecuadas para llegar a buen puerto. Nada de nada, mamarrachadas.  Me sigo amparando en la Maestra Liddell para reclamar la audacia que provoca la ausencia de recompensa.

La violencia poética fracasa al certificar que nada transforma a los idiotas. Los idiotas ni siquiera pisan los teatros. Y entonces uno se cubre con los relámpagos de la impotencia.

El mundo se desangra por la infelicidad constante de sus miembros, por mucho que se engañen y lo oculten, anda extenuado de mentiras. Las que largan los idiotas (abrumadora mayoría), los que nos gobiernan y los que pontifican desde cualquier púlpito desocupado. Nos desaniman con sus miserias o nos alientan impunemente con sus lemas gastados, nos embadurnan de argumentos ramplones para exprimir una vida que no nos pertenece de tanto alquilársela. Nos abren veredas únicas para que les acompañemos en su mediocridad. Nos hacen sentirnos de su misma casta y condición. Y por no sentir la solitaria disidencia postergamos la réplica. Y yo no quiero. Hasta donde pueda quiero resistir, invocar ese relámpago impotente para desmontar con chispas certeras  la sociedad pequeñoburguesa, bienpensante, correcta, falsamente moderna, falsamente comprometida, falsamente culta.
 
¿Pretencioso? Tal vez. Otros canalizan sus frustraciones apuntándose a un gimnasio, cada cual es cada quien, yo me comprometo a dejarme llevar por los mandamientos de la Maestra Liddell, discípula de Lilith, que empujan abiertamente a la intemperie.

Debemos arriesgarnos y entregarnos a la desaprobación, no a la aprobación. Si hay todavía algo que la gente no quiere escuchar, eso es lo que hay que decir, todo aquello que la gente no quiere escuchar, eso es la libertad, decir todo aquello que la gente no quiere escuchar.  

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