dimecres, 8 de juliol de 2015

GILIPOLLAS POWER

Parece que estemos rodeados, cuanto más nos elevamos en el escalafón más abundan y de mayor calibre. A los que no nos consideramos gilipollas (pusilánimes arrogantes) nos sorprende comprobar lo fácil que se han encaramado a la cúspide de nuestra empresa, de un partido político en el gobierno o de nuestro grupo de relación. El talento, la preparación y los méritos parecen defenestrados por la fuerza de la gravedad mientras la indecencia, la irrespetuosidad y la mala leche flotan ingrávidas en los despachos de los triunfadores. Siglo y siglos de moralidad nos empujan a exclamarnos de rabia cuando en el fondo estamos ante una fórmula matemática sencilla. Los gilipollas trepan porque se saltan todas las normas existentes y además, todo hay que decirlo, los que les rodean se lo permiten porque les temen. El arrojo y la falta de escrúpulos segregan pánico entre los espectadores que quedan paralizados contemplando como trepan como cohetes los gilipollas. 



En la pena está la penitencia. Mi mujer está hasta los ovarios de esta sentencia, últimamente se me ha pegado a los labios como cancioncilla de verano (como la pille Georgie Dann). Es el antídoto de los grandes gilipollas, su narcisimo les reduce el campo, no cabe nadie más que ellos en el universo, expulsan a todo el que pudiera equiparárseles o poner en riesgo sus mandatos. No confían, no comparten, no agradecen, no escuchan. Ellos, ellos y nada más que ellos. Eso les hace vulnerables, siempre hay otro gilipollas de refresco que puede aprovechar su estrategia para imitarles y acabar pegándoles una soberana patada en el culo. Entonces, ¿siempre habrá gilipollas en el poder? Por los siglos de los siglos, amén. Variarán de fisonomía, pero de ellos es el reino del dominio. 
El gran gilipollas es un magnífico irresponsable. Puede dominar a los demás a su merced (ellos se dejan), nunca tiene la culpa de nada (la vida le ha hecho así, excusas perfectas que van desde una infancia infeliz a una endémica mala suerte), goza de grandes dotes de escapismo (conoce el sistema y sus debilidades) y todo, absolutamente todo lo que hay en este mundo le pertenece, si no lo posee es cuestión de tiempo. No son psicópatas, tienen sentimientos, pero se minimizan hacia afuera y se engrandecen hacia adentro. Ante este panorama los no-gilipollas (o poco) estamos apañados, a sufrir toca. 

La única táctica mínimamente razonable de neutralización de gilipollas que conozco la ha formulado Daniel Dennett (catedrático de Filosofía de la Universidad de Tufts). Hace poco en el CCCB de Barcelona planteó la constitución de un Club de los Agentes MoralesDespués de un sesudo análisis de la conciencia humana y del libre albedrío, consideraba que la única libertad que tiene importancia es la que nos hace responsables de nuestros actos, buenos y malos. Su proyecto es un club cerrado (carné de no gilipollas) donde los miembros se comprometen a vivir según unas normas (no ese simulacro de leyes que ha articulado nuestra sociedad) beneficiosas para todos y aceptan ser castigados (de verdad) si las incumplen. Punto y pelota. Ahora falta articularlo, gestionarlo, el barbudo científico ya ha puesto la primera piedra de una sociedad dual, no todos somos iguales, unos son gilipollas (que sigan medrando) y otros apostamos por un contubernio que nos proteja de sus arbitrariedades. 


2 comentaris:

  1. L'autor ha eliminat aquest comentari.

    ResponElimina
  2. Jordi, no insultes, que últimamente yo lo hago mucho y dice mi marido que voy de pusilánime arrogante. Pero "estos gilipollas" insultan diariamente nuestra inteligencia ¡¡Y nadie se mete con ellos!! ...Bueno, algunos si, deja de ser pusilánime!!.
    Me siguen encantando tus post, un placer volver a saludarte.

    ResponElimina