dijous, 20 de juny de 2013

EL FONDO Y LA FORMA



Recuerdo que en mis años mozos me explicaron en clase de literatura las dos corrientes que marcaron el Barroco: el culteranismo y el conceptismo. Al culteranismo de don Luis de Góngora se le atribuía una pasión por la forma, un recargamiento estilístico. Según la resumida versión del profe prefería que la fachada del edificio estuviese bien lustrosa aunque el interior tuviese desconchones. El conceptismo abanderado por Francisco de Quevedo y Villegas (me fascinó la anécdota en la que aproximó un ramo de rosas a una reina cojitranca y le dijo con retintín: Su Majestad, escoja) tenía el epicentro fijado en la fuerza de las ideas, de los conceptos (de ahí su nombre). La argumentación, el ingenio, la chicha por encima de la belleza del vestido.
Hoy quiero referirme al respeto. Conozco alumnos, profesores y público en general que se inclina por la versión culterana. Ceden amablemente el paso, te tratan de usted, guardan su turno a la hora de intervenir en la clase, se despiden con el adiós preceptivo y ejercitan con impecable maestría decenas de convencionalismos que se agrupan en el cajón de la buena educación. Sin duda hacen agradable la convivencia. Los rudos especímenes que van por el mundo pisando a todo el que se cruza en su camino tienen mala prensa, aunque muchas veces sus intenciones no sean tan malvadas como la de los culteranos del respeto. He experimentado en mis propias carnes que en ocasiones cuando contrarías al culterano, le cortas el rollo (expresión del tiempo), suele abandonar las buenas costumbres y cruzar la línea roja para demostrarte que el disfraz de bueno solo aceptaba el sí.
Juan Carlos I de España salió de la clínica después de su famosa cacería de elefantes y de tener que restaurarse la cadera para con carita compungida afirmar que pedía perdón y que aquello (no dio ni una explicación del hecho) no volvería a suceder más. Fue la primera trasgresión fragrante del respeto a la que tuvieron acceso globalmente sus súbditos (nos guste o no el término) que estaban acogotados por las inclemencias de una crisis económica salvaje mientras él disfrutaba de un safari tan ricamente.

                                Ilustración de JATE

Juan Carlos I de España se levantó de su silla la pasada Navidad para culteranamente cambiar el estilo del discursito de marras. Y leyó (siempre lo que algún iluminado le escribe) una frase homicida. Todos los españoles somos iguales ante la ley. Los meses posteriores han sido una exhibición conceptista de prebendas hacia su yerno y su hija. Él ha seguido recibiendo en su palacete a todos los dirigentes del mundo con su campechanismo habitual. Su hijo Felipe (el heredero que esperan los monárquicos de pro) ha tenido que arrugar el entrecejo porque el populacho (desagradecido y cruel) increpaba la buena vida que se raspa mientras el pueblo es desahuciado. El respeto hacia sus súbditos se degradaba a velocidad de vértigo pero él, alto, guapote, padre de familia ejemplar guardaba las apariencias con pulcritud.
Los que repiten un insulto, también nos insultan. Es una desfachatez todo lo que estamos teniendo que escuchar y ver respecto a las “supuestas propiedades” vendidas por la infanta Cristina. Son una falta de respeto conceptista y culteranista las explicaciones burdas del ministro de Hacienda. Es un escarnio que en este junio tan Hacendoso los españoles comprobemos que la Agencia Tributaria solo permite errores a los golfos y a los paganinis nos pone la soga por cuatro chavos.
La mejor manera de quitarse el mal sabor de boca es apelar de nuevo a otro Maestro que hace tiempo dejo claro que entre esos tipos y yo, hay algo personal.


2 comentaris:

  1. Buenísimo!! Y totalmente de acuerdo. La guinda de Serrat, terminó con una entrada brillante. Gracias y un besote

    ResponElimina
  2. Muchas gracias. Y como dijo mi amiga Kristina...en el país de los ciegos el tuerto es el Rey.

    ResponElimina