dijous, 13 de juny de 2013

MI FUNDACIÓN (3): El foco



Somos cuento de cuentos contando cuentos, nada. (José Saramago)

Estuve toda la noche programando la reunión del día siguiente. Si me decía tal yo le diría cuál, si no me decía aquello yo no le diría lo otro. Entramados y suposiciones. Toda la noche accionando la moviola hacia adelante y hacia atrás para controlar, no podía permitirme dejar el encuentro al albur de la improvisación. Mi coraza, la que me debía proteger de los peligros del mundo, no podía quedar desactivada por la inaceptable espontaneidad. Ahora que rememoro la escena me doy cuenta de que gran parte de mi vida he confiado en un absurdo. Hoy sé (he aprendido) que el futuro no hay quién lo controle.
Tenía catorce años. Me debía entrevistar con el director del colegio, un dicharachero salesiano de nombre Josep Obiols (memoria selectiva). Mi hermano estaba acabando la carrera y me había pedido que le entregase su curriculum. Me regía en aquellos tiempos (miren cómo he acabado) por la obsesión de no destacar. Era un alumno BIEN (calificación que poblaba todos mis cuadernillos de notas). Ni Sobresaliente o Notable (derroche), ni Insuficiente (jarabe de palo). Deseaba superficialmente que la dichosa entrevista trascurriese a toda velocidad para volver a mi plácido anonimato. Bueno… no es del todo cierto, un gusanillo picaba a la puerta, supongo estoy hablando de la intuición.
Con campechana disposición el director me hizo entrar en su despacho. Treinta años después podría describirlo con precisión, las emociones graban a fuego los rostros, los espacios y las luces. Me hizo sentarme en un sofá alejado de su vetusta mesa de trabajo. Recogió de mi mano temblorosa el curriculum de mi hermano para depositarlo en una bandeja metálica que albergaba los méritos de otro candidatos. Me sentí desconcertado, las teorías elaboradas en la soledad de la noche se desvanecían a las primeras de cambio. Yo esperaba que iniciase un interrogatorio sobre los méritos de mi hermano y nastic de plastic. Cruzó sus piernas, acompañó con la mano derecha su díscolo flequillo hasta dejar su frente ordenada y con una sonrisa afable me preguntó.

-          -¿Qué tal, Jordi, qué me explicas?

El foco se detuvo en mí y yo sentí cómo un calorcillo me subía por las tripas mezcla de nervios y de profunda satisfacción. 

Yo le reconocía a aquel hombre una autoridad. Sustituyó a medio curso a otro salesiano que era un calco de Hitler. Nos atemorizaba con su mirada displicente, nos infundía miedo con su presencia. Josep Obiols bromeaba con los alumnos por los pasillos, un día lo vi jugar a baloncesto con otros compañeros y aquella mañana siguió descolocándome manifestando su interés por mí. No se le ocurrió preguntarme por los estudios o por mi grado de satisfacción con los servicios escolares. Él era diferente. Quería saber de mí, de mis sueños y de mis preocupaciones, de lo que hacía o de lo que no podía hacer. Y estaba dispuesto a escucharme. Yo le expliqué. Él sonreía y periódicamente asentía con la cabeza informándome de que interiorizaba mis palabras. Al marcharme, encajamos las manos. Todavía noto la suya. Cuando nos veíamos por los pasillos me daba un golpecito cómplice en el hombro, su mirada estimuló mis ganas de trabajar, de responder a su confianza. Me hizo sentirme especial. Alguien que yo consideraba unos peldaños por encima de mí en la gradación de la vida me enfocaba para proponerme subir la escalera.
Dos clausulas más en la constitución de mi fundación:
No se puede enseñar nada que uno no ha vivido. El conocimiento más sólido combina teoría (pensamiento) y práctica (vivencias). Unos desalmados sin norte dilapidaron hace unos años la confianza en la educación emocional, se inventaron mentiras que ellos no practicaban, inauguraron la fuente de los eufemismos que ahora constriñen esta educación moribunda.
Nadie puede enseñar nada si no es una autoridad para el que tiene que aprender. Al acabar mi propuesta a los FUNDADOS, el enamorado de la informática me estrechó sentidamente la mano (tengo un detector de pelotas en la dermis).

-          -Ha sido un placer tenerte como profesor.

Me guindarán la mitad de la paga extraordinaria los tijereteros pero el placer de sentirme autoridad me lo guardo en la caja fuerte de los recuerdos.

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