dimecres, 15 de maig de 2013

CAMPECHANO

A las tres y media de la tarde del domingo la mayoría de españolitos andaban con el buche lleno de pollo a l'ast cuando Fernando Alonso (héroe nacional) cruzaba la línea de meta y se adjudicaba el Gran Premio de F1 de Catalunya. Lucía un sol radiante en Montmeló y las banderas (catalanas, españolas, asturianas, europeas, a cuadros, ferraristas...) ondeaban al viento y alejaban de la hora de la siesta los fantasmas de la crisis que consume el estado del bienestar con la misma voracidad que los bólidos las gomas de las ruedas.
Somos una país que idolatra al campechano, desde el primero de los españoles (pero igual ante la ley) hasta el conductor de élite. Los pijos y los chulitos no tienen predicamento (CR7 es foráneo). Alonso lo tiene todo: rico, famoso y adorablemente campechano. En el parlamento posterior a la entrega de trofeos, después de rociar a todo quisque con cava, tuvo el campechano detalle de reconocer el esfuerzo económico que los espectadores (héroes diferidos) habían hecho para estar celebrando tan magna victoria. Imagino a las abuelas exclamando un qué majo con el corazón conmovido.

Entre el público había otro campechano, escondido debajo de una gorrita con publicidad de su banco, parecía un mecánico de la escudería italiana. Un locutor deslenguado (expiloto) filtró a la audiencia que el campechano de apellido idóneo había asistido a la charla técnica de Ferrari "como uno más", según él, eso medía el grado de implicación de tan ilustre campechano en el proyecto.Esta vez el qué majo lo exclamé yo.
A esas horas intempestivas en lugar de amodorrarme me dio por ponerle grasa a mi pensamiento ácido. Un banquero sabe de Fórmula 1 lo que yo de energía nuclear. Yo sé que las bombas atómicas explotan y él que todo billete que ponga encima de un monoplaza se multiplica por cuatro por arte del mago Ecclestone (que se lo digan a un tal Alejandro Agag). Botín mueve los hilos del títere campechano para que los que exclaman qué majo paguen comisiones y soporten usuras sin reparar en el dueño del botín.
Ah, se me olvidaba, a la misma hora Nadal (siguiente héroe patrio) con un peluco de dimensiones descomunales agradecía a los recogepelotas del Open de Madrid su abnegada dedicación. Y podemos seguir con la cole de campechanos en el deporte rey (opio máximo). Del Bosque explota su campechanía recomendando yogures o seguros de automóvil. Messi es un muchacho humilde (sinónimo de campechano) que atesora títulos sin aspavientos y siempre agradece al equipo, a los aficionados y al club (que le paga) sus éxitos, nunca personales, siempre colectivos.Qué majo entre los majos.
En este país dulcemente campechano el contrapunto lo ponen los políticos. Feos, agrios, se cargan con las iras del populacho que los insulta en la barra del bar y los vota en las próximas elecciones porque no hay más cera de la que arde. Un campechano ilustre (Jesús Gil) estuvo en un tris de llegar a presidente del gobierno.
La semana que viene en Mónaco el equipo Ferrari espera como agua de mayo (vaya dicho más oportuno) los consejos del banquero campechano para que Alonso pase por la meta el prime y así pueda agradecerle a la jet monegasca que colaboren fervientemente en otra dosis de anestesia global.

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