dimarts, 3 de desembre de 2013

EL CULO DE CORREA



Mis reflexiones nacen en lugares y situaciones recónditas. Les imagino forofos del morbo, el pariente oscuro (o tal vez más luminoso) de la curiosidad y por eso me animo a compartir mis fuentes de creación, sería imposible sin la invisible complicidad. ¿Qué misterio entraña el culo de Correa? No se precipiten, sigan hirviendo a fuego lento su vocación de voyeur o de espía sin riesgo.
Apretar el gatillo hoy en día es un acto banal. Llevamos el arma encima, en el interior de un artefacto que en teoría debiera servir tan solo para comunicarnos a distancia. La fotografía se ha devaluado, el aumento del líquido circulante en el mercado es la causa fundamental. No siempre fue así. Hubo un tiempo (¿ya estás sacando a pasear la nostalgia?) que disparábamos la munición con el cuidado que impone todo lo finito. In illo tempore, una cámara fotográfica costaba un pastón, había que saber enfocar, calibrar la luz y la velocidad de los objetos y las personas a aprehender. El carrete, ¡ay dichoso carrete!, supongo que conservan los antiguos del lugar en el arca de las sensaciones aquella desazón al comprobar que todas las expectativas de conservación de recuerdos quedaban frustradas porque el maldito rodillo de película se había desanclado de la pestaña correspondiente. Otra frustración paralela era asistir a la ceremonia del rebelado y comprobar que la impericia había condenado a los lienzos de la memoria a una oscuridad insostenible o a un desenfoque inoportuno.
Las fotografías son crueles, forjamos un modelo de nosotros mismos en cada momento de nuestra vida y el maldito papel fotográfico hace que caiga el castillo de naipes por culpa de una boca torcida o un ojo dormido. No quiero ni hablar de las bolsas de debajo de los párpados, las patas de gallo, o unos volúmenes inconvenientes e incontestables que aparecen donde no debieran aparecer.
Las fotografías, receptáculo de imágenes, ensanchan el espíritu, por lo menos para mí que habito en ellas. Las circunstancias en las que se insertan cuchichean los rasgos de una época, de un estilo, de un carácter. Soy fan de los retratos y de los buenos retratistas, esos cazadores agazapados que engañan a la máscara que nos protege del mundo, me recuerdan al practicante de mi infancia que me daba tres golpecitos en la nalga para despistarme el dolor que venía con una aguja de cuatro dedos. Los buenos retratistas cogen desprevenida la esencia y sacan la perla que luego vuelve a engullir una roca impenetrable. 
Las fotografías también pueden recrear la más rotunda vulgaridad. Inmortalidad de la roña. Menosprecio por el pudor ético o el equilibrio armónico. Los autorretratos con intención facebookera perpetrados con la complicidad de un triste espejo de lavabo que devuelve el atrevimiento patético, son una muestra inequívoca de atentado contra la estética. 




La foto que provocó esta inconexa reflexión ejerce una función testimonial, otro vértice del escenario de las imágenes. El culo de Correa, el de la trama Gürtel, estandarte de una época de esplendor e impunidad, del lujo y de la exhibición asquerosa del lujo, de atropellos que nadie relataba y todos contemplaban. La foto, la huida precipitada, hablará mucho más de un país que los libros de historia. No lo tomen como una anécdota sin más, ese culo guarnecido por unos calzoncillos de rayas rojiblancas surcando una cortinillas que asesinan el buen gusto más elemental son obra de una mente tan perversa como la mía, se lo garantizo.

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