dimecres, 11 de desembre de 2013

LA DEVALUACIÓN DEL DISPARATE



Beethoven. Este era un señor sordo que compuso la letra de Miguel Rios o sea el Hino de la alegria.Pero cuando la izo no era de rocks. Daba muchos conciertos en la epoca de Franco y hizo tambien “Para Luisa” que no tiene paranjon en la historia de la musica.

La vulgarización del disparate, su uso indiscriminado por parte de los poderosos para asegurar un dominio mediocre y por narices, la proliferación masiva entre las clases perjudicadas para habitar en la indolencia y en la sopa boba, la falta de escarnio colectivo y otras circunstancia que retratan una sociedad desganada intelectualmente han provocado la caída del valor del disparate. Antes era patrimonio de unos elegidos, una epidemia controlada, un mal menor. La abundancia actual nos impide delimitar la magnitud de la tragedia y el contagio es ilimitado. La realidad ha mutado hasta convertirse en un solemne disparate.
El texto (por decir algo) que encabeza este post ha sido extraído de la magnífica antología que reunió el profesor de secundaria Luis Díez Jiménez allá por los años 70. El éxito del recopilatorio se fundamentaba en la comprobación mediante risa desternillante del ingenio que derrochaban los ignorantes para responder a unas preguntas de examen de las diferentes materias curriculares. El creador del disparate solía hacer un refrito de conceptos que provocaba la hilaridad del ilustrado (del que sabía la verdadera respuesta). Reírse de la ignorancia ajena tiene un regusto amargo, al principio sube como la espuma, la incredulidad de que alguien pueda reflejar por escrito su ineptitud es una espuma expansiva, luego, cuando se serena la carcajada, uno empieza a adentrarse en los vericuetos que han provocado semejante dislate y una amargura agria aparece de medio lado en una esquina oscura. El disparate nos habla de falta de voluntad, de ausencia de rigor (por favor, vuelve, te necesitamos), de atropellos conceptuales y de patadas en el bazo a una evidencia impepinable para el espectador pero invisible para el profanador del saber universal. Cuando da lo mismo ocho que ochenta estamos perdidos. El disparate no suele tener perdón. Ni siquiera soporta el barniz de un estado de nervios provocado por una situación extrema, se puede aceptar que un alumno se quede en blanco por la tensión (aunque se explote más de lo conveniente por los vagos profesionales). Si no responde, si no arriesga su honra intelectual, su dignidad queda guarecida por el mutismo necesario, pero en el momento en que fruto de una chulería inexplicable se brinda a desafiar la tempestad de su descoordinación intelectual y con una brújula de bazar chino orienta sus palabras a una respuesta inventada, sus principios morales quedan en entredicho. Es un pequeño asesinato que encima nos produce risa.
Vuelve a reiterarse el ínclito Hernando en que las subvenciones de la Ley de Memoria Histórica fomentaron el interés por saber donde estaban enterrados los familiares de la guerra civil. Montoro explica con su voz estridente e insidiosa que los presupuestos de este año son los más sociales de la democracia. Y lo de Cospedal… me faltan páginas para narrarlo. Y no solo recogeré muestras del disparate político, el de altos vuelos, en una clase de Tercero de ESO ayer se produjo un descubrimiento asombroso, un nutrido grupo de alumnos repararon en la existencia de las provincias españolas, no las conocían, pero no sé de qué me extraño si hubo un miembro de tan selecto grupo (y no son especímenes de clases marginales, sino de esa clase media tan adorada como iletrada) que a principio de curso me colocó un mapa de Europa al revés y dejó inmisericorde que España se desangrara sin ponerle el nombre.
Por consiguiente, aunque devaluado y global, no sufran porque el futuro del disparate está asegurado.

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