dimecres, 5 de febrer de 2014

ALGO HABRÁ HECHO



La sentencia es demoledoramente capciosa. El diccionario relata que este adjetivo se aplica a la pregunta o al razonamiento que se hace con habilidad para conseguir que el interlocutor dé una respuesta que pueda comprometerlo, o bien que favorezca los intereses del que la ha formulado.
Durante un año y medio leí en las caras de los que se cruzaban conmigo esas tres palabras. Su mirada extraña indicaba que ya me había juzgado y condenado con leyes no escritas. Sin declaraciones, sin letrados, sin presunción de inocencia. Daban por probado que algo habría hecho. Si después quince años trabajando en un centro educativo a medio del curso la monja-directora decidía echarme a la calle, con el agravante que mis tres hijas estudiaban en el centro que me despedía, era obvio (me reitero aposta) que algo muy grave habría hecho. La misionera del Divino Pastor que tomó la decisión añadió un componente a la disolución que hacía imposible mi defensa: el secreto. Se negaba a explicar los motivos de mi despido a los miembros del Consejo Escolar que debía ratificar su propuesta, con toda la pachorra argumentó (¿?) que lo hacía solo por mi bien. La votación fue casi unánime en mi contra. Era obvio que ese silencio tan bondadoso propiciaba malos pensamientos. Era obvio que menos matar a Kennedy yo poseía todos los números para haber cometido las peores atrocidades. 
Los más neutrales recordaban que yo había ejercido de jefe de estudios durante dos años (puesto de confianza de la bondadosa) y que había dimitido también a medio curso de forma inesperada. Los más interesados en conocer la verdad empezaron a buscar en la dirección contraria diseñada por la capciosidad. Hacía mucho tiempo que los padres se quejaban de cobros ilegales en un colegio concertado subvencionado con fondos públicos. Los más ecuánimes se acercaron a conocer mi versión y escucharon de primera mano argumentos hasta ese momento ocultos por el bondadoso silencio capcioso de quien quería cometer un atropello y quedar impune. Los más valientes me arroparon en  un camino incierto, el de la justicia. 


La monja bondadosa extendió frente a mí un cheque con una cantidad nada desdeñable (finiquito), a cambio, debía ratificar mi autoría en unos hechos de los que no tenía noticias hasta ese fatídico momento. Despido amistoso y a otra cosa mariposa. Por mi bien. Las alas del chantaje batían invisibles en un despacho sombrío en el que también empujaba a mi miedo una venerable representante de la congregación que me alentaba a hacer lo que más me convenía, por mi bien. 
Por mi bien, no firmé. Con ayuda de mi abogado conseguí el dinero que me correspondía (con unas leyes que actualmente han sido derogadas por los magnates-mangantes de la productividad) y dediqué casi un año y medio de mi vida a demostrar que mi despido respondía a los celos de una monja mediocre que ocupaba un puesto que le venía grandísimo, al silencio de una institución que prefería mirar para otro lado y embolsarse la pasta a espuertas, con la complicidad de inspectores y delegados territoriales del Departament d'Educació de la Generalitat de Catalunya que extraviaron mis denuncias o las dilataron hasta la eternidad, con la repugnante sumisión de mis excompañeros que no levantaron un dedo por mí, con un sector de padres que se vendió a la mejor postora para que sus hijos fuesen tratados como reyezuelos y un sinfín más de gente que me ofreció el lado más oscuro del ser humano. Para no cansarles con mis memorias les contaré el final feliz, la monja bondadosa fue relevada también a medio curso (donde las dan las toman, obviamente, algo habría hecho) porque la congregación consideró que era lo mejor para la institución, para el colegio y para la propia interesada (valoración escueta y reveladora).
El cese de la directora no me produjo ningún beneficio material pero sí una honda satisfación (plagio del campechano) promovida por el triunfo de la justicia sobre las tinieblas. Todavía me dura y me permite comprender a Josefina, hija y hermana de asesinados por los falangistas, que clama justicia a Argentina. Con 21 años, después de que hubiesen asesinado a su padre y a su hermana (vilmente violada), se metió a monja porque “quería trabajar con niños, que ninguno sufriera lo que yo”. Las buenas intenciones fueron retornadas con hiel por las que la acogieron: “Las monjas me hicieron sufrir muchísimo. Me tenían de esclava, siempre fregando. Fueron crueles conmigo. Cuando a finales de los setenta empezaron las primeras exhumaciones y yo salía todos los días, haciendo autostop a buscar la fosa de mi padre, me lo prohibieron. ‘Algo habría hecho tu padre’, me dijeron”.
Sí se puede, aprovechemos las grietas de la impunidad.

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