divendres, 21 de febrer de 2014

VAMOS A LA CAMA



Tengo comprobado que cada vez que el título del post huele a sexualidad suben las visitas. Advierto al público ávido de carne que como dicen los que son pillados in franganti, este post no es lo que parece. ¿Recuerdan la Familia Telerín? Los que han levantado la mano tienen sus años y conservan la memoria. Los que han puesto cara de besugo son público joven o sufren lapsus de recuerdo. Para ambos sectores les recomiendo el You Tube para ponerse en situación.




Hablamos de 1964 y anunciaba a las ocho y media en invierno y a las nueve en verano que se acababa la programación infantil de TVE y que los niños tenían que desfilar pa la cama. Yo fui una de sus víctimas. 50 años después tiene que venir el prestigioso The New York Times a cantarnos la caña (de cerveza). La primera reacción castiza y en caliente es que después de que nos han fastidiado el Estado (reparen en la mayúscula) del bienestar nuestros bienamados peperos, ahora vienen los puristas yankees a liquidar el estado del bienestar que produce la siesta y las cenitas a la luz de la luna y de las birras. Nos escudaremos en el clima y en la forma de entender la vida, pero la verdad es que cada vez tenemos menos argumentos de defensa de la Spanish way of life en este mundo competitivo que nos rodea.



Sigo poniendo ejemplos desde mi observatorio. Las tres primeras clases de la mañana (de 8 a 11h) son de una placidez pasmosa. El silencio de la primera hora lectiva del día se equipara al de una abadía cisterciense. Muertos, ko, así están los muchachos a los que me enfrento. Y no es para menos, muchos de ellos se han pasado la noche en blanco (ohhhhhh: exclamación errónea derivada de la creencia que pudiera ser debido a un estudio inhumano de las asignaturas) pululando por las redes (sociales, pornos y otras mandangas) o viendo pelis o quién sabe qué. Piensen que las mejores series de las diferentes cadenas públicas y privadas empiezan a las 22.30h. Piensen que el partido de fútbol en abierto de los lunes se inicia a las 22h. O sea, que antes de la medianoche no hay niño futbolero que pruebe la textura de las sábanas. Y luego nos sermonean con lo necesario que es el cambio de hora estacional para la economía española. Seamos serios. El consumo eléctrico doméstico (ahora azotado por los látigos especuladores) es inasumible para una sociedad en crisis. Díganle a un adolescente que apague la luz o que no gaste tanta agua cuando se ducha, el viaje a la mierda lo tienen asegurado. Las facturas no las pagan ellos, el trasnoche es su libertad y el despiporre es comunitario.
Lo de la siesta tiene también su guasa. Hace unos años que se está implantando la jornada intensiva en los institutos. En teoría era para compactar horarios y que los zagales no se tuviesen que quedar en el comedor por efecto de la jornada partida (no daba tiempo a ir y venir a casa y costaba un dineral) y para que los jóvenes pudieran desarrollar con tranquilidad sus actividades extraescolares o para hacer deberes y estudiar. Mi observatorio meteorológico dispone de pruebas fehacientes que denuncian que los adolescentes actuales recuperan las horas de sueño como lo hacían sus abuelos (con la salvedad que estos se habían levantado a las cuatro de la mañana para ir al campo). La siesta de orinal se ha instaurado sobre gran parte de la población de los institutos y ya se sabe que estás sanas costumbres cuando se arraigan en la sociedad no hay quien las erradique, ni la Merkel, ni el New York Times ni unos padres venidos a menos que sufragan con sudor el descanso eterno de sus churumbeles.

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