dijous, 13 de febrer de 2014

MAL DE MUCHOS



La caja tonta es una fuente de moralidad en diferido (copyright para Cospy). Desde hace una década no han dejado de poblar los programas de éxito gente anónima, se les ha abierto una puerta a la gloria y no la cierran ni que vengan los marines. 
Mercedes Milá como justificación por enredarse con la primera edición de Gran Hermano tildó el programa de “experimento sociológico”. Meter a unos cuantos ratoncitos ávidos de fama en una cárcel y retransmitir a la nación sus emociones y sus perversiones dio un juego impresionante. El pueblo, en su palco privado de circo, juzgaba a los gladiadores con fiereza o indulgencia según afinidad vital. Qué degenerados, qué majos, cabrones, qué colaboradores, qué violentos, qué dispuestos, qué vagos… ¿qué de qué? El espectador condenaba o indultaba a los ratoncitos con su vara ética de medir. Yo lo que nunca hubiera hecho es… Yo lo que siempre he pensado es…. Los tontos se consolaban con los defectos de los muchos, un clásico.
Luego llegó el momento del talento con Operación Triunfo, se valoraba la voz, la capacidad de interpretación, el esfuerzo. El país entero se volcó con Rosa, ¡la Rosa de España!, una muchacha de generosas carnes y cultura escasa que gracias a su prodigiosa voz podía inculcar a la descarriada juventud el demagógico concepto de que querer es poder. Las colas interminables de candidatos desafinantes que esperaban ingresar en el chalé de la popularidad eran motivo de burla y de risa colectiva. Los codazos por ser el elegido en cada gala era del estilo de los mejores trepas profesionales (no será de extrañar que alguno acabe de ministro), no importaba la música sino el postureo (Bisbal va por ti). Risto Mejide hizo fortuna instaurando el papel de crítico cabrón. Otra moralidad.
Luego llegó el tiempo de Supernanis y Hermanos Mayores, educadores de rompe y rasga que reconducían a niños difíciles y adolescentes desquiciados. Un par de técnicas imaginativas y el protagonista volvía a tener todos los tornillos en su sitio. El consuelo de tontos flotaba en todos los hogares españoles: a) mi hijo no es tan malo, fíjate ese que está destrozando su casa. b) si lo fuese, tiene solución. Medicina de bolsillo en treinta minutos.


Ahora tenemos dos nuevos programas que acaparan la atención de los feligreses televisivos: Chicote y Negocios al límite. Emboban, sin duda. Yo he sido presa fácil de ambos. Como si se tratase de una reunión de Adictos Anónimos les confieso que los personajes que pululan por estos programas merecen la pluma de García Márquez. Algún novelista (no descarto que sea yo), tiene que abrir la brecha del realismo esperpéntico. Les doy una pequeña dosis de droga y les auguro que caerán de cuatro patas postrados ante el monumento de lo increíble.
Tres muchachos (dos hermanos y la novia de uno) montan un asador de pollos en Benidorm con la receta mágica que les traspasa su tío. La coach visita a los muchachos porque el negocio es una ruina. Si quieren ver la cochambre de local que regentan entren en la página del programa. Yo les ofrezco un corto de ingeniería económica que ni la infanta lo superaría. ¡Dentro vídeo!


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