dilluns, 19 de gener de 2015

LOS LOCOS Y LOS NIÑOS DICEN LAS VERDADES



Érase una vez un profesor bonachón intentando orientar a una alumna de cuarto de ESO sobre su futuro profesional. Intentaba paliar su desesperación derivada del síndrome zapping (ya,ya,ya) detallándole las posibilidades con suma paciencia, sopesando pros y contras.

-          -Humanidades no, no sirven para nada…. No tienen salida.

El profesor encajó la guantada con estoicismo, él había estudiado Historia pero no era ajeno a que eso es lo que se palpa en el ambiente, lo que se trasmite de boca en boca, hay un convencimiento generalizado de que lo único que tiene “salida” en este mundo cibernético son las carreras técnicas. Pues tampoco pensó para sus adentros. Para relativizar la ofensa se defendió con una pequeña evidencia.

-          -Mujer, te puedes dedicar a ser profesora de secundaria…

La interfecta lo miró con esa displicencia hiriente que solo tienen los adolescentes airados, cargados de pensamiento ilusorio creen que el trono del mundo les está esperando. Cuando el profesor asumía su incapacidad para mover creencias como rocas, de la segunda fila, emergió otro puño inesperado.

-          -Yo creo que después de puta es lo peor.

Érase una vez un profesor forjado en los tiempos en que el ascensor social funcionaba que malhumorado entró en su departamento a compartir la ira con sus colegas. Él que se creía una institución, un guía, un modelo, convertido por una mozuela deslenguada en trabajadora de la carne. Inició una letanía de exclamaciones de incredulidad, invocaba al respeto y a la consideración del docente (¿y la puta?). Él que consideraba a aquellas mozuelas como inteligentes hasta el justo momento en que se produjo el oprobio.


Érase un colega ponderado y realista que le advirtió que lo que la alumna le había espetado en el ejercicio de su derecho a la libertad de expresión (tan de moda) no era tan descabellado. Con una inteligencia inconsciente había puesto el dedo en la yaga. Las prostitutas venden su cuerpo, principal activo, y los profesores de secundaria venden sus titulaciones y sus saberes para actos poco edificantes. Hay quien ve en la prostitución un acto de amor o una función social, hay quien se niega a ver la espectacular devaluación de la función docente en aras de conservar una dignidad intelectual ficticia. 
Infantería barata, seguratas con carrera, psicólogos arreglalotodo, terapeutas familiares a precio de saldo y si queda algún minuto se les permite meter algo de cultura en el cerebro de los adolescentes indolentes que pastorean. (Oh, qué visión más negativa y perniciosa).

-¡No compares! ¡Por favor! ¡Entonces todos los trabajadores se prostituyen!

Érase un profesor bonachón herido en su conciencia que quería apelar al mal de muchos. El sistema educativo selecciona a los candidatos más atractivos por su curriculum para después atribuirle misiones tan arriesgadas como ser los vigilantes del lavabo del instituto. ¡Alguien lo tiene que hacer! Se buscan pintores de cámara que oculten el fracaso escolar con brocha gorda y pinturas fosforescentes. ¿Qué quieres? ¿Qué repitan todos los alumnos que no están preparados? Pasen al siguiente nivel sin tener ni idea del anterior. Ya lo justificarán psicológos contratados a tal efecto.

-          -No eres una prostituta eres un trabajador esencial para el sistema.

El profesor bonachón ya respira aliviado, no tiene que imaginarse con falda corta en medio de una carretera secundaria. Aunque se pase el día rellenando cuestionarios ridículos o siguiendo programaciones tan absurdas como obsoletas, aunque lo amenacen con el destierro si no se ciñe a lo que mandan sus ineptos superiores, aunque lo zarandeen los alumnos con intimidaciones invisibles, aunque los padres lo sobornen con sus veladas amenazas o con sus halagos chantajistas, él es un elemento clave del sistema, seguro que este fin de semana hay algún suplemento de educación en algún periódico de postín para elevar la moral de la profesión decadente. Tenemos a un futuro Nobel de Educación en una escuela de Zaragoza o un premio Josep Pla abriendo la puerta de un instituto de Tarragona. Toda la sociedad confiando en el cambio que nos traerán los alumnos de hoy (que espere sentada).
Nadie le explica al profesor bonachón, airado y ultrajado, que es esencial para que en esta sociedad desocupada (no hay trabajo ni lo habrá) que los alborotadores potenciales (adolescentes) sigan confinados dentro de la institución educativa aunque en su interior no se enseñe casi nada de valor. El profesor bonachón y sus secuaces, con su defectuosa interpretación de la realidad permiten que siga girando la noria, que la sociedad crea que la educación es una pieza fundamental para escapar del desastre cuando en el fondo es una de las causantes que empuja fervientemente hacia él.
Los locos y los niños (nuestros adolescentes lo son mucho) tienen la inestimable habilidad de decir casi siempre la verdad. La misma que los cuerdos y los adultos disfrazan de autoengaños cordiales.

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