dimecres, 14 de gener de 2015

QUÉ GRIMA DAN LOS POBRES




Ejercicio periodístico brillante el de la reportera del Intermedio Thays Villas. Después de los festejos navideños se presenta en dos barrios de Madrid para preguntar por el uso de la calefacción, por la cena de Nochevieja y por los regalos de Reyes. El dedo en la yaga, nada de conceptos macroeconómicos que marean al más pintado. De lo concreto a lo abstracto. Supongo que el objetivo oculto del sucinto trabajo de campo era fomentar la grima (disgusto, dentera, sensación desagradable) contra los ricos pero yo no tengo la brújula puesta en la misma dirección que la audiencia. Soy un perverso que no entiende de loables intenciones y autopistas unidireccionales. La clave radica en que yo nací con la camiseta humilde y durante años y siglos me han querido adiestrar en las creencias conformistas y lloronas los rancios perdedores. Los conozco como si los hubiese parido, son capaces de levantar rascacielos de creencias limitadoras sustentadas en ladrillos falsos de indolencia. Ahora ya no me engañan, su resignación me da grima.
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Qué desparpajo y qué valor el de esas señoras enfundadas en sus arrogantes abrigos de pieles relatando sin piedad que en sus hogares no baja de 28 grados la temperatura. ¡Es que yo no puedo pasar frío! Fascinante el grito de la pudiente, lleno de convencimiento, qué narices, cuánta razón, para qué tenemos los radiadores y las estufas, por qué si el país está viviendo una primavera económica sin parangón tienen que sufrirlo nuestras pieles. Tienen que venir los ricos a rescatarnos de la incoherencia, qué paradoja.
Cuán envidiables esos ricachones tocados con sombrero de gánster que se jactan ante la cámara, ¡en prime time! ¡con 6 millones de parados posibles espectadores de programas de presentadores rojuchos!, de gastarse 900 euros en un pañuelito de marca para su angelical señora. Dos subsidios de pobretón engalanando el cuello de su amada, eso es querer y lo demás paparruchas.
Qué lujo para las orejas enceradas la descripción pormenorizada de los manjares degustados en las mesas de copete de nuestra clase alta, ni la Filarmónica de Viena dirigida por Von Karajan. ¿Para qué está el marisco? ¿Para qué el jamón de Jabugo? Si se conforman con el Fary y con el jamón que no es jamón, es cosa suya, entiendo que es una aspiración lícita y justa conseguir la preciada felicidad dándole candela al paladar. Yo soy feliz con un bocadillo de calamares, ¡véte a cagar, envidioso! 


Qué casposa la señora con abrigo del Decathlon y con el tinte destintado, como si inventara la dignidad explicaba que sus allegados no han recibido ni la pedrea de las caravanas de Sus Majestades los Troleros de Oriente, qué manía esa de la realeza de la mentira de no visitar los suburbios y de vaciarse en los barrios guays. ¿Les fallará el GPS?  Seguro que también reciben sobres en B. Cuán ridículos los temblorosos abueletes explicando que la calefacción de sus chabolas se raciona como en tiempos de posguerra. ¿Se imaginan? Cualquier día vuelven los sabañones a este país que es la octava potencia mundial y que tiene los ministros más optimistas del mundo y al pueblo más conformista del universo.
No se puede ir así por la vida, como de prestado, como sin merecimiento, me gustan más ellos, los que se permiten caprichos y no admiten imitaciones chinas, los que no se conforman con menos de lo que se merecen, los que sacan el sable y la navaja capadora cuando la vida no les sonríe. Los llorones, los conformistas, los pobres de solemnidad me cansan. No tienen perdón de Dios. Bueno, rectifico, tal vez Dios esté contento con ellos, si no existiesen su negocio se resentiría. Mejor que sigan haciendo cola en los comedores de Cáritas mientras los otros son tratados exclusivamente en las joyerías de los barrios selectos, esos en los que se merece vivir y no esos albañales a donde los turistas no se acercan ni para investigar tipismos. 
Como dicen los gurús de la autoayuda (nunca mejor dicho, ellos se forran con consejos tarados): LO IMPORTANTE ES LA ACTITUD.   
  

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