dimecres, 28 de gener de 2015

¿POR QUÉ ME HACES ESTO?



Los ojos de los supervivientes de Auschwitz, setenta años después de la liberación del horror, claman para que no se olvide lo sucedido. La memoria del holocausto no es un arma suficiente para evitar que se vuelva repetir, ni siquiera para que los parientes de los que lo sufrieron no sean ahora verdugos de otros más débiles. El sufrimiento, el rastro que deja el mal, sigue preñando el universo de este a oeste y de norte a sur. Los buenos deseos, el supuesto bien, es el alimento más vitamínico que conoce el mal. ¿Y entonces? ¿Cruzarse de brazos? ¿Aceptar el triunfo de la maldad? ¡Ni mucho menos! El problema son las armas y el conocimiento del enemigo. La aparente banalidad del mal (Hannah Arendt) tira a la basura mucha de la filosofía anterior.

Nunca encontré unas páginas tan fructíferas y tan lúcidas como las escritas por la filósofa italiana Annarosa Buttarelli  en el libro colectivo La mágica fuerza de lo negativo. Sabemos que el mal defeca sufrimiento pero es necesario saber de qué se alimenta. El mal necesita al bien externo y al placer interno para poder seguir existiendo. Hay que matarlo de inanición, negarle el alimento para que sufra su propio exterminio y el placer interno se convierta en sufrimiento destructor. En palabras de la filósofa: el mal es capaz de destruirse a sí mismo, si no se le ofrece otra cosa que sí mismo.
El mal provoca muerte en vida, mata la existencia, piensen por ejemplo en la violencia de género, esas mujeres que dejan de vivir porque al toparse con un monstruo que las ha dejado de querer (por muchos que vomite lo contrario cuando se enfrenta a las responsabilidad de sus hechos), consumen su vida sin vivirla. Muchas desean la muerte de su verdugo y cuando se topan con ese sentimiento se hunden más en el lodazal, el bien que habita en ellas sirve de alimento indirecto para que su maltratador siga teniendo ventaja. A veces solo es cuestión de virar correctamente el flujo de intenciones. Buttarelli habla de maldecir, de lo que ella llama una política pasiva de actuar (propiamente femenina) que puede ofrecer dos líneas para que el mal se encamine a su exterminio: a) condenar (aunque solo sea de palabra) a que el que hace el mal, se someta al cumplimiento del mal dentro de él. b) una forma de profecía, una apuesta sobre el futuro. ¿Recuerdan cuando nuestra madre nos amenazaba con que si no estudiábamos acabaríamos ejerciendo de basureros? Años después muchos hijos recordaron las sentencias (que en su momento parecía solo estertores de insatisfacción) para reconocer la lógica que se escondía detrás de ellas. La lógica del hacer mal las cosas.
Buttarelli se centra en dos estrategias más para combatir lo negativo. La primera es la oración verdadera (superen los traumas de colegio de curas, yo lo hice), despojada de toda utilidad moral, teñida de la misma pasividad del maldecir, una certificación de la muerte que escapa al poder del mal,  Una oración al estilo ancestral, que ayuda a la evasión de uno mismo (y de las circunstancias de sufrimiento) para fluir en un río mucho más amplio.
El mal no acepta preguntas, ese es el último paso. ¿Por qué me haces esto? La pregunta incita al mal a extenderse porque trata de despertar el sentimiento de culpa, rabia y da estatuto a la víctima para ser tal para siempre, porque dice que la víctima está dispuesta a redimir, porque establece el reconocimiento de una dependencia infernal. La pasividad de no conocer es el mejor cuchillo para rajar el muro monolítico del mal. Butarelli, acaba su obra de arte, con un consejo brutal: NO PREGUNTAR E IRSE.
Dejen de invocar a la memoria de lo sufrido, de apelar a la educación como fin de lo negativo, de buscar en los raquíticos presupuestos del bien para combatir contra un negativo que solo acepta devorarse a sí mismo.

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