dimecres, 30 de juliol de 2014

DE AQUELLOS TIEMPOS MELIFLUOS



Nuestra sociedad está como una cabra y el que no quiera reconocerlo que se autoengañe hasta la eternidad y se queme en el fuego de su deshonestidad. Yo no. Cada día voy metiendo los valores que destilo por la calle en un tubo de ensayo y los llevo a mi laboratorio para analizarlos, es importante la asepsia, sin darme cuenta me he encontrado con contaminaciones inesperadas por bacterias resistentes que acaban llevando el resultado de los análisis a la locura que es aquello que pretenden los propietarios de la sartén en la que fríe nuestro mundo (analicen los datos del consumo de fármacos para consolar la mente y otras estadísticas parecidas).
Mis análisis (tan científicos como yo) apuntan a un tiempo común de arranque de los principales males que hoy nos hunden. Causas y responsables tienen varias caras pero el período cronológico coincide, los virus entraron en nuestro cuerpo social en torno a un determinado momento. He tomado muestras de la atmósfera del período y he encontrado un elemento estructural que acelera la mortalidad del virus: el azúcar.



La década de los 90, con sus Olimpiadas, sus expos y sus mandangas europeístas, es el período melifluo (debilucho, blandengón, condescendiente con los aprovechados) en el que se fraguaron las principales enfermedades que padecemos. Todo era posible. Todo estaba al alcance de nuestra mano (mediante préstamo personal o hipotecario). Los deseos (caprichos) se convertían en órdenes, los padres eran amigos, el carpe diem daba licencia para matar el orden y el esfuerzo, los derechos daban collejas a los deberes y los gobernantes nos vendían como infalible un progreso insostenible e inconsistente. Tiempos de travesuras diabólicas de los más listos de la clase, de una especulación galopante que favorecía al ejército oportunista que siempre está listo para asestar sablazos a los incautos. Y lo peor, pongo mayúsculas, exclamaciones, negrita y aumento la letra: tiempos de psicólogos y de autoayudantes. Estoy blindado contra los obuses corporativistas de este gremio.
Una legión de iluminados, de vendedores de humo, de místicos frustados, de aconsejadores en la vida del otro y de sordos en la propia se abalanzaron sobre un público ávido de milagros de todo a cien. Y empezaron a inocular a trochemoche  palabras como resilencia o reinventarse o coaching o pollas en vinagre varias que sirvieron para desorientar al cliente y para engordar los bolsillos, los egos y la docilidad de todo hijo de vecino que quisiera aspirar a cambios profundos en diez minutos.
Yo he vivido esos tiempos melifluos y he probado todas las drogas que me dieron. Y hoy, desde este mundo tan cochambroso soy capaz de afirmar que es necesaria una desintoxicación de narices para expulsar toda la mierda pseudoespiritual que nos bloquea y nos impide convertir este mundo en algo habitable y amable.   

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