dilluns, 7 de juliol de 2014

PORNO



Cualquier titular escabrosamente sexual asegura un incremento de visitas en el blog. Comprobado. En la base de tan singular fenómeno imagino que se encuentra el conocido efecto Coolidge. El mamífero (mayoritariamente macho) aumenta su excitación ante la posibilidad de nuevas partenaires con ganas de himeneo (candela, metesacasalvaje u otros eufemismos). Las palabras relacionadas con el sexo despiertan la curiosidad del susodicho mamífero y olisquea creyendo que le conducirán a su ansiado su objetivo. Pura ilusión. 
La excitación del macho por vía pornográfica es muy antigua, recuerdo aquellas postales de principio de siglo con mujeres entradas en carnes (parientes de las Tres Gracias) que debieron sacar lo peor a nuestros agüelicos. 


El protagonista (León Egea) de la última novela del Maestro García Montero Alguien dice tu nombre ubicada en la Granada de los años 60 se la machacaba con Ana Karenina (no me digan ustedes que no hay que tener imaginación y atraso de roscas). Yo utilicé aquellas revistillas furtivas que pasaban de mano en mano para recrear un universo carnal que poco tuvo que ver posteriormente con lo que me cautivaba de aquellas fotos. Y luego ya vinieron las pelis (recuerden los casos de estrabismo que produjo la codificación del Canal +). El porno ya no es lo que era, hemos pasado de la furtividad al acceso fácil e inmediato. Mis alumnos juegan a encriptar delante de mis morros el nombre de los portales más conocidos de internet de porno fácil (sin restricción por límite de edad) y gratuito.
El porno no es inocuo, es una de las adicciones legales más perniciosas. Y no hablo desde los púlpitos de la moral (ni se les ocurra confundirme con los obispos que sacaron su catecismo hace poco), invoco su reflexión sobre los efectos que produce en el cerebro y en el imaginario de la sexualidad real. Hace un tiempo vi un documental sobre Japón que me dejó perplejo. El país con una de las más rentable industria pornográfica es el que tiene un mayor índice de abstinencia sexual. No se lo pierdan, se lo prescribo. 


La ecuación pornografía = abstinencia me puso sobre la pista de Naomí Wolf o Gary Wilson. Estos investigadores explican los efectos devastadores del porno sobre la sexualidad masculina. Cada vez necesitan más estímulo para despertar su excitación y ese proceso autodestructivo acaba en impotencia o eyaculación precoz. Y de esa mala construcción del deseo empieza una deficiente relación con el otro género (o con el mismo) que como no recompensa (en dopamina) como el porno poco a poco se va dejando de lado hasta llegar a la situación japonesa.
En mi época (y me imagino que en la de León Egea) la masturbación masculina fue un tabú. Los lavabos familiares y los dormitorios solitarios conocían ese desahogo necesario para la testosterona. Solo se hablaba (casi mejor fanfarroneaba) en las reuniones de manada. Hoy, ya liberados de los yugos de la ceguera y de otras amenazas absurdas, los jóvenes (y no tanto, los expertos hablan de que los primeros consumos de porno puede establecerse actualmente en torno a los 10 años) cada vez más aislados en sus mundos cibernéticos son presa fácil de una adicción barata e invisible que avanza como las termitas.
¿Mejor hablarlo, no? Para que luego digan que los profes estamos desconectados de la realidad. Serán algunos.

1 comentari:

  1. Cualquiera con dos dedos de frente sería capaz de ver en que convierte la industria del sexo y derivados a las personas si se fijara un poquito en su alrededor pero parece que la gente ya tiene suficiente intentando controlar sus adicciones. Una pena.

    ResponElimina