dimarts, 1 de juliol de 2014

METERSE EN HONDURAS



Recupero de nuevo una expresión materna. Entrar en terreno pantanoso, lleno de vericuetos, con matices, con posibilidad de no salir a superficie. Mi madre pensaba que con cierta gente era recomendable no entrar en ese territorio. Yo no le hice todo el caso que se merecía y he tenido la virtud de meterme en honduras con gente que me ha empantanado hasta las orejas. De mis fracasos, he aprendido, pero siento la tentación de volver al precipicio a juguetear con los bordes.
Ayer fue día de entrega de notas en mi instituto. Me pasé casi cuatro horas de mi existencia conversando con los padres (he sido impreciso en el género, el 99% fueron madres). Las notas fueron la excusa para iniciar un diálogo más fructífero sobre la educación y la vida de sus vástagos. No les quiero alarmar pero siento una cierta desesperación entre la población adulta en lo referente a las criaturas que trajeron al mundo. Aunque lo quieran disimular con expresiones complacientes y comprensivas que mandan los cánones políticamente correctos denoto un hartazgo vital, un peso brutal, una falta de sentido a los esfuerzos que cada día acometen por sus hijos. Tienen (tenemos) la sensación de estar creando pequeños monstruitos que chupan de la médula económica de sus progenitores y que no hay quien meta en vereda (y menos en tiempos estivales). Estudian poco, consumen mucho. Nulos en las tareas de la casa, estrellas en enmerdar todo el territorio por el que pisan y en cuestionar las vidas de todo quisqui menos las suyas. Y eso cansa.
Los padres me pedían soluciones prácticas, casi de cursillo CCC. Y yo, sin hacerle caso a mi madre, me metí en Honduras. Literalmente. Les hablé de esos 50.000 niños hondureños que cruzaron ríos, valles y montañas, además de fronteras, hasta llegar a la soñada tierra de promisión, los Estados de Unidos de América, donde el Premio Nobel de la Paz los captura para devolverlos a su pueblo de origen. Sin padres, sin tutores legales, sin encomendarse a Dios ni al Diablo se meten miles de kilómetros entre pechito y espaldita para escapar de la violencia (47 de las 50 ciudades más violentas del planeta están en América) y del hambre. Esos niños en la parte posterior del cerebro tienen una neurona que no tienen mis alumnos (hijos de los padres desesperados por una indolencia desesperante), es la neurona de la necesidad. O se espabilan ellos o nadie vendrá a sacarles las castañas del fuego. Los autóctonos tienen otra neurona, la que les informa que la familia se hará cargo de sus caprichos hasta los 40 años porque como no hay trabajo están en la obligación de mantenerlos (no es listo Rajoy cuando platica sobre la necesidad de la institución familiar en estos tiempos).  

Ayer tranquilicé como pude a los padres. Honduras está muy lejos, yo no seré el tutor el año que viene y sus hijos cambiarán, seguro que cambiarán. Mi madre respira aliviada desde donde esté.

2 comentaris:

  1. Una realidad que pone la piel de gallina...
    Una realidad injusta y caprichosa...
    Una realidad que se asemeja a una de tantas películas futuristas donde la minoría vive en una burbuja de espuma refrescante... y la mayoría es pasto de ese territorio pantanoso.

    Mari M.

    ResponElimina