La
generación mejor preparada de la historia no está siendo aprovechada por el país. O tienen
que emigrar o están cobrando sueldos de miseria o están en el paro. ¿Preparada
para qué? La lástima se derrama por las
aceras y lloramos a moco tendido porque no superarán el nivel de vida de sus
padres. ¿Para qué estudiar? ¿Para qué esforzarse? La crisis, las políticas neoliberales, el cambio tecnológico, sumen cuantos agentes externos prefieran para desviar la diana de nuestras responsabilidades directas. El individualismo generalizado no nos deja
ver más allá de nuestra nariz (sálvese quien pueda) y nos cuesta horrores encontrar soluciones
colectivas. Mejor esperar que llueva maná.
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IL NULLA |
El primer paso para solucionar un problema es enunciarlo correctamente. Tengo serias y fundamentadas dudas sobre la cacareada preparación
de esta generación (salvo honrosas excepciones, obviamente). Una cosa es que hablemos
de la generación que más tiempo ha permanecido en las aulas (la universalidad
de la educación ha borrado el analfabetismo), otra bien diferente, que estén
suficientemente preparados para funcionar autónomamente como adultos y superar
los retos de un mundo cambiante. Los números cantan con estrépito.
La educación actual es una fábrica de jóvenes
escuchimizados intelectualmente al albur de cualquier viento y cobijados en las
rentas del pasado glorioso. ¿Y los que vienen? Ídem de ídem. Si no cambiamos el
molde saldrá la misma figura.
Si en Secundaria no se pueden consolidar los conocimientos
necesarios porque carecen de los básicos (leer, escribir), qué sucederá cuando
se pone tortuoso el camino en las diferentes facultades. La universidad con su
monopolio expendedor de títulos también navega entre lo recomendable y lo
posible, dar papilla al escuchimizado o engordar al bien alimentado. Los
números mandan y se acaba cambalacheando y timbrando títulos que no reflejan
los conocimientos adquiridos.
La contundencia con que se expresa el profesor de
Derecho Constitucional Francesc de Carreras nos delimita la magnitud de la
tragedia.
El primer problema es externo a la Universidad, aunque decisivo por su repercusión en ella. Me refiero a la formación que los
estudiantes reciben en la enseñanza primaria y secundaria, una formación
sumamente deficitaria cuando menos a dos niveles: ni adquieren suficientes
conocimientos generales ni tampoco el hábito de estudiar. La responsabilidad
principal es del modelo pedagógico. Un modelo en el que se ha dado prioridad a
preservar una supuesta felicidad idílica del niño y del adolescente, evitarle
imaginarios traumas psicológicos, subestimando así la adquisición de
conocimientos básicos; y, sobre todo, no enseñándole que, en la vida, todo
aprendizaje exige esfuerzo. La subestimación de las calificaciones escolares,
el rechazo de la memoria como instrumento del saber y la sustitución de los
exámenes por sencillos trabajos escolares han resultado técnicas perniciosas para
la educación de los jóvenes. Esta filosofía pedagógica que empezó en primaria y
luego se extendió a toda la secundaria ha provocado que los estudiantes accedan
a la Universidad indefensos ante lo que se les viene encima: no sólo escriben
muy defectuosamente, sino que el simple hecho de leer les supone un esfuerzo
insuperable. Los más capacitados saben espabilarse solos; el resto,
desorientado, se queda por el camino. El mal causado, en muchos casos, es
irremediable: aquello que no se les enseña en primaria y secundaria es muy
difícil que se aprenda después en los estudios superiores.
El estado del bienestar se agota. La pasta es
escasa y será necesario revisar hasta el último céntimo de nuestros impuestos
para que luzca. Hay que perseguir a los aprovechaos y buscar el rédito más alto
a nuestras inversiones. No podemos mostrarnos impasibles ante la fabricación de
futuros parados que parece ser el objetivo de una educación caduca y laxa. No
podemos consentir que los chavales transiten por el sistema con su vagancia y
sus dificultades esperando que lo solucione el siguiente escalón. No podemos
estar a merced de los caprichos de los padres que defienden a sus churumbeles
hasta niveles surrealistas. Fin del despilfarro que propaga un raquitismo
endémico.
No es cosa de Wert (nada más), es cuestión de
llamar a las cosas por su nombre.