dimarts, 16 de desembre de 2014

EL ÍNDICE DE HONESTIDAD



En la República de Platón ya se definía el contrato social como un pacto entre egoístas racionales. Rousseau lo defendía precisamente por eso, porque en teoría debía ser un dique seguro contra la ley del más fuerte. Qué gran mentira, el pacto social nos deja indefensos (nos alienaba en teoría para convertirnos en iguales), a merced de que nos pateen el hígado sin piedad los aprovechaos y mentirosos.


Les paso a mis alumnos de Segundo de Bachillerato un documental sobre Monsanto, coloso empresarial de agricultura transgénica. Se flipan con los destrozos que ha cometido durante más de 50 años en EEUU y en el resto del mundo. La pregunta final de una alumna es obligatoria: ¿Esto cómo se puede parar? Traduzco, cómo evitar la ley del más fuerte.
Un pacto exige lealtad. Las reglas del juego son imprescindibles para jugar. Los tramposos quedan al margen (llámenle cárcel). No tiene sentido empezar a jugar sabiendo que te van a timar. No jugaría nadie si supiese que va a perder seguro. Nadie debería estar obligado a jugar si así lo estima. La lealtad de los jugadores puede estar definida por el índice de honestidad (me lo acabo de inventar). Podría definirse como el valor de la suma de creencias que tienen respecto al cumplimiento de las normas o leyes que nos concedemos para evitar la aparición del poder del primo de Zumosol.
Las primeras sospechas las tuve a principio de curso cuando pregunté a los espectadores del documental de Monsanto (mis alumnos) cuál sería el límite en el que empezarían a mentir. Comprobé con estupefacción que por una recompensa (tampoco ninguna barbaridad) o por una presión (no piensen que se referían a poner en peligro su vida) pronunciarían cualquier falsedad que les pidiesen los supuestos chantajistas. Agradecí su sinceridad aunque en mi sótano bramaba contra su deleznable maleabilidad. Cuando me preguntaron sobre cómo combatir a Monsanto no pude por más que remitirme a sus propias declaraciones. Monsanto se aprovecha del desconocimiento, de la compra de expertos para que le elaboren informes favorables o de la presión a los gobiernos para que desregulen el mercado alimentario. Nadie podrá detenerlos si no se eleva el índice de honestidad y de cultura de las próximas generaciones. 
La corrupción es cosa de tramposos. De gente con poder (otorgado por el pacto social) que decide tomar atajos para llegar el primero a la casilla final de la oca. Muchos participantes en el trucado juego se lo miran de reojo con una envidia malsana. No quieren erradicar a los mafiosos sino que quieren ser uno de ellos y la mejor manera de ingresar a largo plazo en tan selecto club es vocear a los cuatro vientos que todos los políticos son iguales, que todos en su lugar harían lo mismo (especialmente ellos), y que no es para tanto (no se les ocurra a los honestos mandarlo a prisión en caso de futura corrupción). Índice de honestidad por los suelos.
Si quieren provocarse la incredulidad léanse el Barómetro 2014 emitido por la Oficina Antifrau de Catalunya. Sobre una población de 800 entrevistados, un 9,4% considera aceptable que un funcionario reciba mordidas, un 15,1% que un político dé su apoyo a una empresa que ha financiado a su partido, un 21,2% que un poli no multe a un amigo y un 27,1% que un político enchufe a un familiar. Con estos mimbres ya se pueden imaginar cómo quedará el cesto.
Como pille a Rousseau en el infierno lo inflo a palos misántropos.

2 comentaris:

  1. Todos tenemos un precio.Sólo es cuestión de conocer cual es.
    Según la Biblia, Judas...trincó y Pedro... negó.
    Creo que está en la naturaleza del hombre y la mujer, somos maleables (aunque yo siga insistiendo en que soy la excepción).
    Besotes.

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  2. La religión legitima la transgresión de los límites. A veces puede sorprender la fortaleza que ofrece la honestidad. Mejor que la jalea real. Besotes.

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