dijous, 21 de febrer de 2013

LUCECITA Y LA EMPATÍA PELIGROSA



Una de las grandes habilidades de mis alumnos es contestar preguntas sin comprender el enunciado. Buscan en el libro de texto algo que tiene un mínimo que ver con lo preguntado y lo zampan como respuesta quedándose anchos y panchos. Generación ESO, queridos lectores. Para hablar de empatía, mejor definirla primeramente, qué mejor fuente que la Biblia del siglo XXI: la Wikipedia. 

La empatía (del vocablo griego antiguo εμπαθεια, formado εν, 'en el interior de', y πάθoς, 'sufrimiento, lo que se sufre'), llamada también inteligencia interpersonal en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, es la capacidad cognitiva de percibir en un contexto común lo que otro individuo puede sentir. También es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra.

Desde que entró la educación emocional por las puertas de los institutos hemos manejado el vocablo con una alegría espeluznante. Comprender las circunstancias que rodean a un alumno es necesario para mejorar su aprendizaje. Hasta aquí de acuerdo. Justificar ciertas actitudes perniciosas con una empatía enfermiza. Nastic de plastic.
Estos chiquillos que pueblan nuestras aulas aprenden SIEMPRE. El problema es que no aprenden lo que nosotros queremos que aprendan. Les puedo asegurar que en defenderse como gato panza arriba son unos auténticos genios. Uno de sus activos tóxicos (cómo mola codearse con términos tan on fire) de los que disponen en sus recámaras perversas es la manipulación y explotación de la empatía de los mayores (padres y profes fundamentalmente). Si los cabritos (con cariño) calan que somos muy receptivos a sus circunstancias personales intentan arrimar el ascua a su sardina marinada de propósitos nihilistas (no pegar ni golpe). El resultado es que tenemos una generación que dramatiza histriónicamente como ninguna anterior (ver tanta tele les tenía que servir para algo).
 
Los profes (psicoanálisis que te crió) afectados por seriales de su infancia o adolescencia, léase Lucecita (el incansable Marco en televisión) o la más reciente Cristal, se dejan llevar por la corriente melodramática y al final acaban justificando hasta la muerte de Manolete. Además son padres y madres y no pueden resistir la tentación de trasponer al interfecto que provoca lagrimita con su retoño. Jodida la hemos, el hambre con las ganas de comer.
Es que sus padres están separados y la criatura todavía no lo ha superado. Siete calabazas son los desperfectos mínimos de una familia desestructurada. Es que le operaron de vegetaciones y perdió mucha clase y no se pone al día. ¿De eso no hace cinco años? Sí, sí, pero es que es muy sensible. Ocho cates desgravables por cuestión médica. No presta atención a las explicaciones, no saca ni los libros y le han quedado nueve asignaturas. Es que sus padres trabajando los dos (a quien se le ocurre currar tanto en tiempos de crisis) no están mucho por el chaval. No hay quien le controle que haga los deberes. ¿Controle? ¿Con dieciséis años? Un poquito de por favor. ¿Ha suspendido recreo? Creo que sí.
Supongo que tendré que aguantar las críticas de los que me tildan de insensible. Respuesta castiza: no hay que confundir churras con merinas.

1 comentari:

  1. Hola amigo Jordi.

    Yo también hice la ESO y nunca fui tan estúpida, pero sé que soy una excepción, así que no te criticaré por insensible. Al contrario, te entiendo perfectamente porque mis compañeros han sido como bien describes, maleducados capaces de justificar su molesta conducta en cualquier memez.

    No es de lo más grave tratándose de un instituto, ya que la adolescencia es frecuentemente la edad de rechazar lo aprendido para buscar la propia identidad. Pero en la universidad es más de lo mismo, está claro que hay quien no crece nunca, una realidad difícilmente digerible. Si un profesor pregunta algo que no está textualmente en los apuntes, aunque se puede deducir, ya no lo saben... y es que ni lo intentan, si hay que pensar, eso es mucho esfuerzo.

    Además, como señalas, esto es posible porque sus adultos lo permiten, les consienten demasiado y acaban educándoles en la ley del mínimo esfuerzo. Al final los críos hacen lo que quieren, porque los padres les compran la moto para que aprueben en vez de inculcarles que lo que quieran tendrán que ganárselo con esfuerzo. Así salen, que piensan que lo merecen todo, y cuando llegan a la universidad se horrorizan de que los profesores no pasen los apuntes.

    Además, me hace mucha gracia cómo, sumidos en la inmadurez más absoluta, son incapaces de asumir sus errores: si aprueban, ¡han aprobado!, pero si suspenden: ¡Les han suspendido! Qué %*&$ es la profesora, etc...

    Un abrazo, Jordi.

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