dimecres, 13 de febrer de 2013

ROMEO Y JULIETA



La relación entre la administración educativa y los profesores es un star-crossed lovers (siempre un término en inglés da empaque a un escrito). En castellano cervantino, un amor prohibido, condenado a imposible desde sus principios. Romeo y Julieta, el drama de Shakespeare, es el más famoso de todos, por lo tanto lo metaforeo para llegar al meollo de la cuestión. 

En el papel de Julieta pongo a la administración educativa y sus rectores, en el de Romeo, al profesorado. Follow me. Trasladen su imaginación a un balcón de Verona en la casa de los Capuleto, Romeo (Montesco de pro) se encuentra a escondidas con Julieta para sondear su amor. Ya sabemos de las tensiones entre las dos familias. La administración educativa tiene, por su condición política, las urgencias que provocan las contiendas electorales cada cuatro años. Los profesores permanecen casi toda una vida laboral en sus institutos. Los Montesco, como jefes de personal, exprimen el jugo de sus subalternos en aras de una mayor rentabilidad por mucho que se esfuercen en disimular que la educación no es un negocio más. Los Capuleto, romanticones e interesados, quieren disponer de más medios, de más consideración, de más respeto, de más… ¡nunca tienen bastante!... para llevar a cabo su sacrosanta tarea. A veces los profes se miran excesivamente el ombligo sin comprender que forman parte de un engranaje. Pero en el fondo ambas facciones se necesitan y se quieren, se desean y se odian. El problema es que hay amores que matan, que se lo digan a los protas de Shakespeare.
Imaginemos que cuando Romeo le expresa a Julieta sus intenciones, ésta, le responde tirándose un pedo. La administración educativa se jacta de confiar en sus profesionales y de esat a su lado (amor platónico) pero a las primeras de cambio les paga un tijeretazo en el sueldo y les aumenta las horas lectivas. Por interés me quieres Andrés, que diría mi agüelica. Julieta se disculparía aduciendo que cuando se comen lentejas con chorizo (crisis económica) es más que probable que se produzcan ventosidades (recortes). Ya sabemos que un hombre enchochado perdona setenta veces siete y seguramente nuestro Romeo seguiría arrambando cebolleta (homenaje a Aquí no hay quien viva, icono televisivo de mis alumnos) para llevarse al huerto a su pedorra amante. Llegaría el momento crítico del morreo, Julieta ni corta ni perezosa se pegaría un eructo gazpachero (descuento en las bajas laborales desde el primer día) y volvería a delegar responsabilidades, alegaría en su descargo que la culpa la tiene el ajo (el déficit público). Romeo, enamorado, enchochado y atufado, empezaría a desconfiar y a plantearse la posibilidad de cortejar a otra amante menos escatológica. Julieta seguiría jurándole y perjurándole a Romeo y a su arrasada nariz su deseo de lanzarse a sus brazos y ser poseída por su ariete capuletero. Romeo, aunque escamado, obligado por las pulsiones del bajo vientre (sueldo), accedería a proceder con el estoque. Julieta se despojaría del traje pero al levantar los alerones (axilas) un rancio tufillo sobaquero (nueva reforma educativa del ínclito Wert) dejaría al descubierto que aquella relación amorosa tenía menos futuro que Belén Esteban en la RAE. Ya sabemos que en los dramas shakesperianos acaba muriendo hasta el que pone los discos, ¿qué pasará entre profes y wertederos? 

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