dilluns, 18 de novembre de 2013

SILENCIO, POR FAVOR



Les tengo que confesar que ahora sordeo más de lo conveniente. Lo que me faltaba para el duro es que Imanol Arias haya hecho un anuncio en el que un tipo de mis características se repite más que el ajo. Mi pequeño trauma empezó a forjarse en mi infancia no tanto por la cantidad de oído como por la calidad. Mi oído musical era equiparable a un zapato, no podía diferenciar un si de un la o un re de un do. Recuerdo el calvario que supuso culminar con un mínimo de decencia el Himno de la Alegría con la flauta. Desde que me hice profe hace más de veinte años he tenido que darle a la sinhueso (lengua) para ganarme las habichuelas, para imponerme a la clientela y conseguir que llegue mi mensaje a unos (energúmenos) alumnos que no suelen callar ni debajo de agua. A medida que me he ido especializado en la producción de palabras pareciera que ha menguado mi capacidad auditiva. Desde hace un par de años la pendiente parece peligrosa, escucho poco a quien no me habla directamente, también puede ser que me haya vuelto más selectivo y no haga ni puñetero caso a quien no me interesa. Pongo nulo interés en sentir la retahíla de exabruptos y sandeces que suele sonar a mi alrededor. Todo lo que he dejado de oír parece que lo he reconvertido en escribir. No me entra por la oreja pero me sale por la mano (izquierda, todo sea dicho). 


El universo puso ante mí una entrevista al famoso pianista Alfred Brendel. Él y yo compartimos descenso auditivo, yo pensé que si para mí era un incordio para él había debido de ser el acabose, me equivoqué, lo encajaba con entereza y lo que me parece más destacable, con inteligencia.

Estoy bien conmigo mismo, especialmente ahora que no oigo como antes. Y honestamente, disfruto mucho del silencio. Soy más consciente del silencio y de sus beneficios. Así como de lo importante que era para mi identidad poder oír. Al descubrir que esa parte ya no era completa, sentí que me había perdido a mí mismo. Ahora eso se ha corregido hasta cierto punto y, al menos, interpreto un papel.

Mi pareja me apoda Don Teorías, lleva toda la razón, es una herencia materna, trato de explicarme el mundo (casi siempre a mi favor) con una lógica flexible. Desde que leí las palabras de una de las grandes leyendas del piano he cambiado la relación con mi sordera, la considero una reacción alérgica de mi cuerpo contra el exceso de ruido que me asedia y contra esa necesidad de hablar y hablar sin parar a la que me obligó mi profesión y tal vez mi ego. El silencio durante un tiempo de mi vida me incomodaba y necesitaba combatirlo con palabras propias, música o de televisión (esa que hace compañía), ahora, decide invadirme en connivencia con el órgano pertinente y me proporciona un silencio progresivo que me ayuda a interiorizar y a rebuscar en ese taller donde algunas herramientas empezaban a oxidarse.        

4 comentaris:

  1. Seguro que eres selectivo en tu sordera. Tengo amigos que con esto de sordear, escuchan y responden sólo cuando les interesa. Alguno de ellos incluso me comenta:"para lo que hay que escuchar". Igual ahora te escuchas más a ti mismo, aunque también deduzco que siempre lo hiciste.
    Un besote.

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  2. ¿Conoces a Felipe, el vecino de Mafalda? Dijo que llevar las orejas puestas todo el día era malo. Así que hasta esto de sordear también tiene su parte buena. Hace poco escribí sobre el silencio en mi blog. Por si lo quieres leer, te dejo el enlace:
    http://esclafettiscontomate.blogspot.com.es/2013/05/momentos-de-silencio-para-escuchar.html
    No traté el tema de la sordera, pero sí el de la utilidad del silencio. Siempre suelo decantarme por la parte positiva de las cosas, a veces incluso se me pasa por alto la negativa y eso también es un problema. Pero prefiero destacar lo positivo de lo que nos ocurre. Me alegro de que hayas encontrado un razonamiento positivo a la sordera. Un abrazo

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  3. Coincido contigo, el exceso de positivismo puede llegar a ser una gran lacra, yo lo he padecido y sigo pagando sus consecuencias. Lo que es, es. Un saludo.

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