dimecres, 15 de gener de 2014

EL HIMNO DE LA ALEGRÍA



La mitad de los jóvenes aceptarían cualquier trabajo sin importar el salario. El titular duele. Un 50% de los jóvenes vaga por el mundo sin ilusión (el otro 50% tampoco andará tirando cohetes). Como dice mi venerado Maestro Pepe, perdón, un respeto, José Caballero Bonald: Nada más pernicioso más desprovisto de taras que la resignación. En tiempos de desorientación se necesitan referentes. Yo traigo aquí uno.
En 1944 nacieron en España 606. 135 niños. ¿Y? Si los hubiéramos ordenado por posibilidades reales para llegar a ser el rey del rock español, mi referente estaría por la cola. ¿Por qué? Por extracción social, nació en el periférico barrio de la Cartuja de la periférica Granada, muy lejos de las grandes capitales en las que se fraguaban las movidas musicales de la España de posguerra. Su escasa formación cultural y musical (a los 15 años ya estaba currando en un bar y posteriormente en unos grandes almacenes) o la escasa implantación rock en un país dominado por los curas y los militares, nos llevaría a considerar como plausible que 40 años después, el granaíno nacido el mismo día que se producía el mítico desembarco de Normandía, hubiese acabado como encofrador en los apartamentos que se construían en la Sierra Nevada o que estuviese atendiendo mesas como camarero en la plaza Bib-Rambla o que ejerciese de vigilante en La Alhambra. Pues no, la predestinación se torció y casi 40 años después, en la España socialista de 1983, el inresignado Miguel Ríos reunió a más 700.000 personas en una gira sin precedentes en España en la que presentaba el disco El rock de una noche de verano, con Luz Casal y Leño como teloneros.

Cosas que siempre quise contarte es un libro delicioso, se lo recomiendo encarecidamente (ya le pediré a Planeta comisión). Discurren dos ríos paralelos por la autobiografía. El río Miguel y el río España. El primero ofrece un caudal generoso, qué gran cantidad de vivencias, mención especial para las bifurcaciones. Extraigo un botón, Miguel reconoce que un gesto de su madre viuda hubiese sido suficiente para frenar su ambición de irse a Madrid a triunfar en el mundo de la música. Su madre, con generosidad abundante, no se victimizó y dejó volar a su Migué. En otros capítulos podemos sentir el frío de la cúspide de la fama o el desánimo del descenso a los infiernos cuando nadie te llama y nadie se acuerda de ti. La honestidad se ilumina explicando la vergüenza que le produjo tener que delatar a compañeros de juergas cuando le detuvieron y le humillaron en las cárceles franquistas. Miguel Ríos no solo cantaba, fue un innovador en la producción de espectáculos musicales, eso le produjo una incomprensión constante, la de alguien que parecía siempre mirar diez pasos más allá de donde transitaban los mediocres (y cobardicas) que le rodeaban. Y todo el libro se tiñe de tenacidad y de ilusión por perseguir un sueño por difícil que fuese. 
El río España, el decorado de su vida, no es menos atractivo, nos habla de un país recién salido de la cartilla de racionamiento que llegó a la modernidad compartiendo fibra óptica y ladillas (como cantó su amigo el Maestro Sabina en Mater España). Nos habla de una infancia donde los niños eran invisibles, ni rastro del encumbramiento actual. De costumbres, de paisajes, de personajes. Los libros de Historia se enriquecen con narraciones de la vida cotidiana como la que realiza el rockero.


Nunca me entusiasmó demasiado el éxito musical inspirado en la novena sinfonía de Bethoven  que llevó Miguel a la fama (no se pierdan su periplo de promoción en el extranjero) pero sí que lo considero una metáfora perfecta para reflejar la vitalidad del personaje. Pónganse el loro a toda marcha y a saltar como salvajes para vencer la desidia generalizada. 
Bienvenidos, hijos del rock and roll.

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