dilluns, 20 de gener de 2014

SORVILÁN Y LOS ADVERBIOS



Mi pareja empezaba a dudar de su existencia mientras nos encaramábamos por una carretera de revueltas por entre las escarpadas estribaciones de la sierra de la Contraviesa, continuación hacia el mar de la majestuosa Alpujarra granadina. Las chicharras fueron testimonio de sus risas cuando descubrió el cartel en el desvío de la carretera general. A bombo y platillo se situaba el municipio de Sorvilán como estandarte de la Costa Tropical. ¡En medio de semejante secarral! 

Hacía treinta años que no volvía. Si la infancia es una patria, este pueblucho perdido en el mapa contenía algunas de mis provincias. Fui habitual veraneante durante varios años, los catalanes volvían a ver a sus familiares en el mes de vacaciones. Sorvilán es el pueblo de mis padres y de mis abuelos, todos fallecidos hace bastantes años. Después de tanto tiempo si poner pie en esta castigada tierra todo me parecía más pequeño, deformaciones del recuerdo. A finales de agosto el sol que cae a mediodía pesa toneladas pero yo me emperré en visitar la casa de mis abuelos maternos en busca de no sé qué. Las preguntas profundas no suelen tener respuestas sencillas. Una voz me sobrecogió desde la azotea adyacente, una vecina con ese acento granaíno tan arrastrado me lo soltó a quemarropa: Tú eres hijo de Isabel. A los pocos instantes apareció de la nada su hijo que se sumó a la conversación para rematarme: Tienes la misma cara de tu padre. Nos convidó a su bodega para refugiarnos del sol y del calor, sumergió un vasillo en una bota familiar y nos dio a probar un vino sin aditivos. Después de treinta años de ausencia seguía teniendo mi hueco en la vida de los que habitaban en un Sorvilán en riesgo de extinción. Me despedí y recorrimos las calles desiertas del pueblo, fui recogiendo las piezas del puzle del pasado para hilvanar mi historia. No me podía despojar de la sensación de pequeñez que rodeaba todo lo que descubría de nuevo. Nos detuvimos en el único bar del pueblo que regentaba un amigo que se acordaba más de mí que yo de él. Me relató con detalles mis andanzas infantiles con más fidelidad que mi memoria. Tu padre nos llevó a la Rambla del pueblo en un Ford Fiesta marrón. Muerto me quedé. Iba descendiendo escalón tras escalón a un pasado que nunca quise borrar.
Dicen que por ser catalán censado tengo derecho a decidir. Por haber nacido en Badalona, en la orilla del mismo Mediterráneo que se puede contemplar desde Sorvilán. Puedo decidir sobre la independencia de Catalunya, es tan solo cuestión de elegir dos adverbios en un presumible referéndum. Madrid nos roba. Me anuncian los que agitan las banderas que puedo decidir desvincularme de España pero que de ninguna manera lo haré de Europa, eso es irrenunciable. Nos interesa, a ellos y a mí. Es el progreso. Pero yo no conozco Leipzig, ni Copenhague, ni la mismísima Bruselas. Creo que Sorvilán y yo necesitamos algo más que dos adverbios para sentirnos extranjeros.  

3 comentaris:

  1. No se puede ser extranjero en tu propia tierra. Rectifico, no se puede ser extranjero en "la tierra". Yo soy ciudadana del mundo y andaluza hasta las trancas. Sabía que tenías un poco de duende andaluz por tus venas.
    Me ha emocionado tu entrada, yo también he vuelto al lugar de mi infancia y me he sentido así en alguna ocasión. La sensación de pertenencia a un lugar u otro, nos cuenta donde fuimos felices.
    Un besote.
    http://bbbsss54-aprendiendo.blogspot.com.es/2014/01/recomenzamos.html (me gustaría que echaras un vistazo a mi última entrada, the moment, gracias)

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  2. mi madre es de melicena.municipio de sorvilan.solo he estado una vez ,bajada al pueblo guapísima,acompañado todo por el paisaje.el problema fue subir hasta el coche,tengo ciática y me quedaba clavado en las escarpadas subidas.el poble.molt maco,pro masa empinat per mi.

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  3. Fíjate tú como nos hermanamos cibernéticamente,jajajaja....

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