dilluns, 10 de març de 2014

CORDERO DE DIOS



Jordi Évole tiene en sus manos un arma peligrosísima. Se pone la camisa a cuadros y las bambas y juega al campechanismo patrio con sus invitados. Con esa carita de niño malo pero educado y ese ipad que dispara mala leche se enfrenta a unos entrevistados que a la que se descuidan han mordido el polvo. Si te niegas a que te entreviste (Juan Cotino) tu credibilidad queda en entredicho, qué ocultas, porqué no hablas y así hasta convertirte en sospechoso. Y se accedes, puede despellejarte a la más mínima.
Salvados lleva dos semanas pintando unos lienzos que ni Goya. El de la semana pasada con Pedro J y su visión sui géneris de la historia de España reciente (atentado 11-M sobre todo) era de cum laude, pero la del Dios Florentino ha rozado lo sublime. 


No les puedo negar que al final del programa un vómito generoso me asoló a quemarropa. Dios (el número quince de las fortunas de este país) se mostraba conmovido porque un niño sudamericano (pobretón) se le agarró a la pierna en una de sus visitas por el cono sur vendiendo madridismo (y contratas, supongo). Miró a ambos lados y pensó, cómo me puedo llevar este niño a Madrid. Yo ya no veía al Florentino constructor y contratador de futbolistas por 100 millones de euros, yo veía cómo levitaba el san Juan de la Cruz del siglo XXI. Todavía no ha podido quitarse la cara del chavalín de su cabeza. ¿Estaba el vómito justificado?
San Pérez (cómo le acompaña el físico al jodido, la cara de gamusino que pone propicia que el espectador lo crea incapaz de hacer fechoría alguna) acusó al presentador de mala voluntad en repetidas ocasiones. Él que esperaba una hagiografía a medida tuvo que responder sobre la recalificación de la ciudad deportiva del Madrid (descomunal pelotazo) o los sobres que las constructoras dirigían al partido en el gobierno para ser los primeros en ser contratados. Él que tiene 200.000 empleados y que trabaja siete días a la semana y trescientos sesenta y cinco días al año, tiene que responder sobre el fraude fiscal de las grandes empresas, qué insidioso es el populacho que está en el bar abusando de la cerveza mientras él va de reunión en reunión y de acto en acto hasta pasada la media noche. Él no tiene vacaciones, él no sabe disfrutar del dinero, él solo sabe crear empleo y riqueza para este país de vagos que les corroe la envidia. En lugar de tener estatuas en cada esquina de Madrid se le requiere que explique de donde ha sacado tanto dinero. Trabajo, esa era su respuesta insistente y percutora. Confesó que era un looser político, perdió las elecciones con UCD y con el Partido Reformista de Roca y pensó que era más fácil gobernar desde la influencia íntima que desde la elección pública. Ay, perdón, me confieso, he cometido un pecado de los gordos, dudar del cordero de Dios que se le afilan los mofletes cuando huele la verdad y la penitencia es que no te invitará al palco en el que nunca se hacen negocios.
La pose de modesto, la pesada recurrencia a los valores del madridismo (Mourinho los encarnó como ninguno) y la superioridad que transmitía frente a un mindundi que no se enteraba de nada y que si le reprochaba algo era sustentando en la mala fe fue un curso de interpretación de primera magnitud.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ¡hala Madrid!
  

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