divendres, 28 de març de 2014

ENCONTRÉ MI EXTRA



El dinero ni se crea ni se destruye, se transforma. Uno de los errores garrafales cuando se define la crisis es decir que no hay dinero. Es rotundamente falso. Dinero hay, lo que pasa que no está en nuestro bolsillo.


Hace dos años, acercándose la Navidad, los trileros que rigen la Generalitat quisieron perpetrar una jugada maestra para cuadrar sus números y arreglar los déficits a base de acogotar al pagano. Empezaron a difundir que no nos podrían pagar íntegra la extra de Navidad a los funcionarios porque Madrí no cumplía con lo prometido (mezclaban inversiones con gastos corrientes). Pese a sus esfuerzos no creían que pudieran hacer frente a la totalidad de nuestro aguinaldo. Mi pareja y yo nos cogimos el primer tren que iba a Barcelona y nos plantamos delante del Parlament acompañados por otros valientes que tenían noticias de que se iba a cometer una fechoría. Rodeados de trasnochados sindicalistas que parecían sacados del siglo XIX saltamos las vallas de protección (los mossos andaban de bajada por el tema de la pelotitas de goma y sus desperfectos) para sentarnos delante de donde se reunían los tripones diputados y exigir que se nos pagase lo convenido. Dicho y hecho. Después de unas Navidades de pantomima (nos pagaron una parte el 21 de diciembre y el resto a final de año) para escenificar las dificultades financieras y comprobada la escasa resistencia del personal, el mostachos Mas-Colell (conseller d’Economia) decidió incorporar el hachazo a los presupuestos y ya llevo dos años que me han trincado del orden de 6000 euros por el morro. Es dinerillo, amigos. Suficiente como para abrir una investigación y averiguar a qué bolsillo fueron a parar.
Los futuros creadores del Estado independiente de Catalunya me querían colar que la pasta no había salido de Madrí. En las arcas catalanas había telarañas y no era una moneda de curso legal para pagar mi extra. Uno, que ya sabe de las mentiras que cuentan las banderas, no se fió de la versión oficialista y voceó a los cuatro vientos su desgracia para averiguar dónde paraban mis billetes. He vagado por el desierto durante dos años pero la semana pasada los encontré. Estaban en el bolsillo de un compañero de departamento de mi instituto. ¿Sorprendidos? Díganmelo a mí. Me invitó a una exposición que había montado para el Museo de Historia de Catalunya. Iba sobre la Mancomunitat y su obra cultural.  Ya saben, los fastos de 1714 cobijan a cualquier iniciativa que tenga que ver con el pasado glorioso de Catalunya. Tuve noticias de que la exposición fue inaugurada a bombo y platillo por el conseller de Cultura de la Generalitat, el tránsfuga Mascarell, y por el presidente de la Diputación. Ahí ya empecé a mosquearme y con razón. Le pregunté inocentemente si había cobrado por comisariar la exposición o si por el contrario había sido una contribución generosa a la memoria de la Mancomunidad para apoyar a los políticos que denuncian el sangrante expolio que Madrí hace con nuestros dineros. No hace falta ser muy sagaz para saber la respuesta. Mi extra estaba en su bolsillo.
Cada mañana paso por debajo de una pancarta que me arranca lo peor de mí:
9-N. Es normal que un pueblo vote cómo puede vivir mejor.

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