dimarts, 1 d’abril de 2014

LA REALIDAD Y EL DESEO



Encontrar una veta de deseo en un adolescente actual es una prospección fácil. Al más pinta de la clase le ofrezco la posibilidad de imaginar un pibón descomunal (volúmenes generosos y curvas vertiginosas) paseando por el pasillo. ¿La deseas? No transcribo los exabruptos del pipiolo para no alarmar sus castos oídos. Al fondo de la clase empiezan a removerse incómodos, cuando el profe viene creativo seguro que pillamos piensan con su intuición más afilada. ¿Y echarte un partidillo con Messi? Le suelto la interrogación a quemarropa al más culé de todo el universo. Por un par de segundos su rostro echa fuego.
Siguiendo la táctica del practicante de mi infancia (me pegaba dos golpes previos en el cachete para despistar mi miedo antes de clavar la aguja en la nalga desprevenida) les hablo de neurología. Un estímulo del tamaño de la pibona sugerida activa las neuronas (no me hagan chistes fáciles sobre la ubicación de las neuronas en los machos) y se convierte en energía (por favor, sigan comportándose sin hacer bromitas). La recreación de la Venus neumática en la mente del adolescente ávido de carnalidad activará la misma zona que el estímulo real y generará la misma cantidad de energía. Pues muy bien piensan mis alumnos para sus adentros. Esa gasolina que inyecta el deseo (no solo carnal, piensen en Messi) es la que provoca la acción y la convicción para proyectarse en territorios inhóspitos. Evito la disquisición a mis sufridos alumnos para no acabar como el rosario de la aurora. Lo que sí les exijo (literalmente) es sacar una hoja y poner el título del poemario de Luis Cernuda. No me arredro con los primeros aspavientos, una vez superados puede que salga algo de chicha. Les pido que confeccionen una lista con diez deseos. Sesenta ojos de carnero degollado clavados en mi estampa, los siento. Resoplan los bueyes. Alguno empieza a escribir. Veo que se llevan mal con los deseos. La vergüenza es uno de los terroristas más peligrosos. Les aseguro que el secreto los cubrirá. ¿Y sin son imposibles? ¿Es un deseo? Sí. P’alante. Poco a poco van entrando en calor y parecen regocijarse en la varita mágica que he colocado en su imaginación.

Jee Young Lee
                                     
El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.

Acostumbrados a encontrar todas las preguntas del examen en el libro de texto estos ejercicios maquiavélicos tienen un regusto decepcionante para mis alumnos, esperan veredictos que no existen. Suelen ser una excentricidad que les desorienta por unos minutos. Luego siguen en el raíl, yo espero el milagro de la chispa que se enciende en medio del hielo. Todo nace en que me resisto a aceptar que la pibona imaginaria, esa carnalidad mercantil que esclaviza a estos púberes a la intemperie emocional, sea su única fuente de deseo.Y algo peor, que no sepan hacer estallar sus anhelos y la única gasolina de la que dispongan sea en diferido (como el finiquito del innombrable).
Luego me tocará hablarles de la realidad y de la insatisfacción constante que como un abrigo del que no pueden desabrocharse los botones desemboca en el olvido cernudiano, los fantasmas y las sombras de la soledad. Mi instinto de superviviencia me dicta no abusar de la paciencia del público asistente.

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