dijous, 30 d’octubre de 2014

DESNATURALIZARME



Nací hombre. Me crié hombre. Actué en mis primeros años de vida como se esperaba del hombre que era. Machote, ese vocablo inocente que resume lo hombre que uno tiene que ser cuando todavía no lo es. Unos curas rancios no me dejaron compartir clase con las niñas. Malo, las mitifiqué, las cosifiqué, las miré desde el instinto y desde una curiosidad rara. Jugué al fútbol, cómo iba a ser de otra manera. Los chavales consumimos pornografía a escondidas (qué asco decían ellas, algunas), nos derretíamos con cuerpos femeninos perfectos que construyeron nuestra idea masculina del sexo. Fui engullendo prejuicios sin percatarme, los recogía en todas partes, en la televisión, en los amigos, en una sociedad que respira patriarcado. Estudié la Historia de los hombres, escrita por hombres, pensada por hombres, donde los protagonistas eran hombres prominentes. Y tampoco reparé demasiado en ellas, la mitad de la humanidad muda, ya se sabe, las mujeres relegadas a la nada, un desequilibrio que cruza toda la Historia sin dejar huella. De vez en cuando aparecía como un hongo extraño alguna mujer (a partir del siglo XIX especialmente) reivindicando el cerebro femenino, existía envuelto de una marabunta de hombres distinguidos o de hombres poderosos. Suerte que nunca me dejé seducir por teorías biológicas que me hacía superior por haber nacido hombre, un pecado que me ahorré. He comprobado la violencia de los hombres sobre cristales que yo también he pisado, he descubierto las armas que mi género ha diseñado para mantener su hegemonía: el matrimonio y su rentable sumisión, la maternidad y su asociada abnegación. He visto cuervos que han sacado ojos a las madres que los amamantaron, ahora ministros del patriarcado mutante. He padecido a mujeres que trabajan para el hombre con más ahínco que los propios machos, que se benefician de sus vendas en los ojos o de unas prebendas boomerang. 

XUE JIYE

Es muy difícil comprometerme con la liberación de las mujeres desde los genes de hombre, es necesario una desnaturalización que castigue cada salida de tono de ese que vive bajo mi piel y que me pide un corporativismo absurdo. La historia del patriarcado es tan potente y tan aplastante que se filtra por las tapias de la cordura. Tengo que parapetarme para dominar la costumbre. Necesito tomar mi dosis diaria para escapar del manicomio que dominan hombres que saben moverse en escenarios políticamente correctos. Detectar cada agresión embadurnada de irrelevancia o de chiste sin importancia. Hay que liquidar al enemigo desde dentro, desde el tuétano. No solo cuestión de incrementar presupuestos de ministerios poco útiles o dictar leyes de quita y pon, es cuestión de ir hacia adentro y aniquilar las secuelas de la soledad masculina, neutralizar la falocracia, ridiculizar a los que postergan a las mujeres a probeta reproductora. No hay manada, no hay género, hay personas humanas, como tú y como yo. Cuanto más me desnaturalizo más orgulloso me siento de ser hombre.

Cuando miramos sólo con un ojo, nuestro campo de visión es limitado y carece de profundidad. Si miramos luego con el otro, nuestro campo visual se amplía pero todavía le falta profundidad. Sólo cuando abrimos ambos ojos a la vez logramos tener todo el campo de visión y percepción exacta de la profundidad.                                                                   Joan Kelly.


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