dimecres, 1 d’octubre de 2014

LOS NUEVOS TESTIGOS DE JEHOVÁ



Cuando mi padre se quedó viudo y la soledad le apretaba decidió abrirles la puerta los domingos por la mañana. Me lo explicaba con sorna, qué bajo he caído que tengo que recurrir a ellos para estar entretenido. Cambió una de las tradiciones ancestrales de la familia (qué mala es la soledad) para que las neuronas no se le oxidasen. Él les advertía que era cristiano de pura cepa, de los de toda la vida, que se había leído la Biblia de pe a pa, pero para ellos no significaba un obstáculo insalvable, al contrario, era un acicate para conseguir puntos de cara a acceder a un palco VIP en el ansiado Paraíso. 


Eran más pesados que un muerto, con su verborrea monolítica podían permanecer de pie (pasarlos al comedor era un en error de incalculables dimensiones) horas y horas citando párrafos de las escrituras y de la mítica Atalaya. A las diez de la mañana del Día de Jehová escuchábamos cháchara en la escalera (muestra indiscutible de que había picado otro vecino) y poníamos las barbas a remojar. Cuando inexorablemente sonaba nuestro timbre conteníamos la respiración y evitábamos todo ruido, si pensaban que no había nadie pasarían de largo. Las veces que franquearon las defensas de nuestro castillo pusieron a prueba los modales familiares, a mis padres les sabía mal dejarles con la palabra en la boca, única forma plausible de desprenderse de ellos. No diré que admiraba su voluntad inquebrantable y sus corbatas impecables pero me sorprendía que dedicaran las mañanas de domingo a importunar a la gente y recibir exabruptos. Todavía me dejaba más sin explicación que fuesen acompañados por pipiolos de mi edad que parecían rescatados del museo de cera (por su estampa inmaculada y su verbo extramegahipereducado). No he tenido noticias de ellos últimamente, supongo que ahora se dedican a evangelizar desde su salón del reino, o tal vez, la inflación de credos les ha dejando sin efectivos, o quién sabe, a lo mejor se guardan la salvación para sus adentros y no la quieren compartir con nadie.
Desde ayer, una legión de voluntarios de la independencia catalana ha tomado el relevo. Quieren hacer una encuesta puerta a puerta cual vendedores del Círculo de Lectores o cambiadores de compañías eléctricas. No pretenden convencer dicen sus jefes con la boca pequeña. Yo, por si acaso, me he descargado su Atalaya y me la estoy empollando a trocitos. Ayer les descubrí a mis alumnos que se había publicado cibernéticamente EL LIBROBLANCO DE LA TRANSICIÓN NACIONAL (presentado pomposamente en la Generalitat por el rey Artur y su flequillo). Un comité de expertos (¿?) lo ha elaborado con mucho esmero y cariño. Les alenté a su lectura (supongo que reminiscencia de los testigos de Jehová) y me miraron con cara de gamusino. ¿Cuántas páginas tiene, profe? Cuando les respondí que solo la síntesis tenía 140 sus carcajadas se oyeron de uno a otro confín del aula. Les hablé de la importancia de las fuentes primarias en la Historia, las carcajadas siguieron a un ritmo frenético. Ya entendí en ese preciso momento porque es tan necesario que en el referéndum (o consulta o el eufemismo que se quiera) se rebaje el censo hasta los 16 años. En primer lugar no tienen ningún interés en leer la Atalaya y en segundo y más importante, no tienen la comprensión lectora suficiente (certificado por todos los PISAS) para entender lo que han ideado los pensadores a sueldo. Votarán con el corazón, y ya sabemos lo que sucede cuando no se lee la letra pequeña, que al final, te desahucian y lo firmaste tú.

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