divendres, 10 d’octubre de 2014

ORGANIZAR EL PESIMISMO




La expresión es propiedad de Walter Benjamin. Juan Mayorga, filósofo y dramaturgo, que elaboró una tesis sobre él, desgrana en un texto sagrado (su entrevista en JotDown es para enmarcar), las consecuencias letales de esa arma de destrucción masiva que ha lanzado el poder por tierra (financiero), mar (político) y aire (religioso). Hay que huir de un pesimismo que aboca al fatalismo y a la inacción que se lo pone a huevo a los que mueven los títeres. Hay que construir un pequeño espacio en el que se hable de cosas de las que no se hable en otros lugares. Voz ácida va por ahí. Es cuestión de fabricar un oasis que escape del estándar de una sociedad diseñada para obedecer de pura desesperación. Qué hacer con un gigante al que nuestras piedras no le hacen ni cosquillas. Nada NO. Hay que organizarse por dentro y por fuera. 


Juan Mayorga propone la mentira compartida que es el teatro como medio para fomentar la catarsis. Cita a Borges: El teatro es el arte en el que un hombre finge lo que no es y otro hombre finge que se lo cree. Cuál es el objetivo de esa mentira: la inseguridad que produce insomnio. Mayorga vuelve a beber en Benjamin. ¿Pero de verdad alguien puede dormir tranquilo? El arte nos puede evadir del sesgo cognitivo de la seguridad y del control sobre la vida. Es de orígen retroburgués y adormece a las sociedades creídas de un bienestar material que esconden las macrocifras. Mayorga apuesta en sus obras por un arte duro, difícil, conflictivo. El conflicto más importante que ofrece el teatro no es aquel que se presenta en escena, sino el que se da entre el escenario y el patio de butacas.
No es cuestión de subir al escenario una fotografía de la realidad para provocar la sonrisa complaciente del que se cree ajeno a lo que sucede, incluso si me apuran, superior. Mayorga se apoya en Strindberg para dibujar el papel del creador casi como si se tratase de un torero. Por un lado el artista se expone desnudo ante los demás, los demás conocen sus sueños y sus pesadillas, por otro, el artista expone a los demás, los mira y ha de atreverse a decir lo que piensa de ellos. Imaginen unos focos retráctiles que oscilaran alternativamente del escenario al patio de butacas, que pusieran de manifiesto el grado de incomodidad que la mentira convenida borgiana representada por los actores produce en el rostro del espectador. El precio de la entrada es la recompensa por el grado de inquietud generado. Del verdadero arte no deberíamos salir más seguros, no deberíamos salir confirmados; el verdadero arte debería crearnos problemas. Para qué, para organizar ese pesimismo que nos produce lo que vemos a nuestro alrededor y que se ha desparramado metafóricamente desde el escenario a la oscurecida platea. Ahuyentar el conformismo pesimista para abrir vías de respiración.
El teatro es imaginación y el teatro es también reunión. El filósofo escondido bajo el dramaturgo encuentra encargo para el teatro. Dice que la imaginación está colonizada por los cacharros digitales (refiriéndose al móvil) que nos trasladan imágenes pasteurizadas. El individualismo imperante (necesario para ejercer control) promueve la dispersión. En esta reunión (hace la fuerza) se promueve respuestas ajenas al régimen de mediocridad imperante. Respuestas que huyen del simplismo unidireccional que propone la publicidad o la política, más allá de lo bueno o lo mal, más cercana a la fragilidad humana que expone Mayorgas en sus obras.
Por último destaca la versión educativa del teatro. ¿Dónde ha quedado en el curriculum? El teatro enseña responsabilidad; cuando uno está haciendo una obra con otros sabe que en cierto momento ha de saberse el papel, si no, todo se vendrá abajo. Ofrece además un insondable océano en el que pueden navegar los educandos. Tú podrías ser el otro y tu vida no es un destino.

1 comentari:

  1. Felicidades por el artículo, sólo una salvedad, la comparación del artista creador con el torero. Ya está bien de referencias a la tauromaquia. La tortura NO es cultura.

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