dilluns, 4 de març de 2013

CERAPIO



Los modernos programas informáticos que utilizamos los profesores para evaluar a los alumnos no contemplan la posibilidad de otorgar un merecido 0. Ni que el chavalito entregue el examen en blanco, ni que de por saco todo lo habido y por haber, ni que no sepa hacer la O (no el 0) con un canuto o sea un absentista empedernido. ¿Y si pillo a uno copiando? El cero no existe, se ha evaporado, es un prófugo que nadie echa en falta.

Se entiende que el 0 es ofensivo, exponente del fracaso sin paliativos, nuestra sociedad color de rosa no puede tolerar exhibiciones de verdad. Imagínate que los padres o el inspector nos interrogan por semejante exhibición de nulidad. O sea, los profes somos los responsables del 0 pero en cambio es de los alumnos el mérito del 10. ¡Chúpate esa!  Moraleja: ojos que no ven, corazón que no siente. Se borra del sistema el dígito fuente de la discordia y listos. Sin preguntar, sin aclarar el motivo, el profesor coloca un eufemístico 1 sin que el interfecto evaluado sepa por qué le subieron el rendimiento sin su consentimiento. La nimia inflación, a largo término, tendrá perniciosas consecuencias sobre la cultura del esfuerzo. Tampoco se nos escape que, aunque minúsculo, nos enfrentamos a un caso de corrupción institucional que sienta los primeros brochazos del maquillaje del fracaso escolar.
Si no existe el 0 tampoco tiene razón el temido Muy Deficiente (MD), el hombre del saco para los estudiantes de mi generación. Menos para Porras (así se llamaba mi sagaz compi de octavo de EGB) que convenció a sus padres de que MD era la abreviatura de Muy Deportivo. Los alumnos de principios del siglo XXI solo se exponen a un consolador Insuficiente, y eso no es tan grave, es superable, ánimo, chaval, no has puesto nada en el examen, no tienes ni puta idea, no has estudiado ni un minuto, no has sudado la camiseta, pero la hipocresía del sistema esconde tu desidia debajo del felpudo y ya encontraremos una solución para evitar que desgastes las coderas de tu sudadera de marca.
En cuatro sencillos pasos el ínclito vago puede alcanzar el 5 ansiado (parece una publicidad de academia a distancia CEAC). Márcate el objetivo del 2, no requiere más habilidad que buen comportamiento (no liarla como dicen estos adolescentes modernos) y una buena dosis de silencio (con suerte te confunden con un autista impuro). El 3 te lo puedes ganar con la pena, búscate algún lío familiar que justifique tus distracciones constantes, en conversación privada con el tutor asédiale de buena voluntad, percute en el futuro, la evaluación que viene estudiarás como un cosaco y fuerza que te concierte una visita con la psicopedagoga que puede ser una aliada perfecta en la junta de evaluación. Ya estás en una nota decente, aceptable, detrás de ti queda el desaparecido 0, el regalado 1 y los santurrones del 2. Para encaramarte al 4 caben varias opciones: a) chuleta de cordero (en la manga, en el móvil, debajo del muslito…) b) chivatazo del vecino empollón por chantaje o por soborno c) estudiar moderadamente, acertar un par de preguntas puede borrar tu endémica fama de cateto. Si no apruebas, por lo menos con el 4 puedes venderles a tus padres buena voluntad, empeño, ganas de mejorar, puede que no se lo crean, por lo tanto, vamos a por ese suficente que ya tienes a tiro de piedra. El 5 puede estar escondido entre las debilidades del profe, investiga y rebusca en sus filias y sus fobias, si le gusta la buena letra o la grandilocuencias narrativas, si no soporta la heterodoxia o si las preguntas siempre las quiere en rojo. Todo vale. No descuides tu mejor cara de obediente ni recogerle el boli cuantas veces vaya al suelo. El servilismo y la docilidad es una actitud muy valorada por los profes que lidian cada día con energúmenos que se han enrocado en el 1. Tú eres un ganador, ya estás casi en la cumbre sin tener que sacrificar tontamente tu tiempo de ocio.
Ya os advertí que el exilio del 0 nos traería problemas, si alguien  lo ve por el Rastro o en el alguna quedada retro que le diga de mi parte que siento nostalgia de los tiempos en que las naranjas sabían a naranjas.

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