dijous, 21 de març de 2013

¿ESTAMOS LOCOS?




Mandamientos fundamentales de mi santa madre: 

-          Si te ofrecen algo en casa ajena di que no.
-          En las conversaciones de mayores oír, ver y callar.
-          Que no me tengan que dar queja de ti.

Minúsculo catecismo cívico-moral que me sirvió para transitar por mi infancia conociendo los límites entre el mundo de los adultos y el de los niños. Era impensable que un retaco de seis años entrase en tu casa pidiendo un bocadillo (doy fe que ahora sucede). Era impensable que una niña con coletas escuchase las conversaciones de los mayores y traficase con la información obtenida (doy fe). Era impensable que tu padre justificase cualquier travesura y te creyese a ti antes que a otro adulto (doy fe). Hoy ya no es impensable.

Llevo a mi hija de diez años a una temida fiesta pijama. Una ceremonia social de niñas repipis en las que está permitido casi todo. Los padres demostramos nuestra debilidad no denunciándolas ante la autoridad pertinente, la cobardía de ir contracorriente me empujó a renunciar a mis principios (cobarde de mierda). Nos conformamos con darles un cariñoso beso en la frente y con musitar un pórtate bien poco convencido.
Pulso el botón del portero automático de la casa de la anfitriona y no me responde nadie. Llamo al móvil de su madre y me responde la hija. 

-         - Mi madre está en el hospital, le ha dado un mareo o algo así. Pero la fiesta se hace igual.

La primera bocanada de mala educación me pilla desprevenido. Se pone al aparato su padre.
-           
-     -Estoy en urgencias esperando los resultados pero parece que no es nada.

Alguien que va al hospital de urgencias un sábado sin tener nada. Empiezo a alucinar.  

-          - Oye, no te preocupes, ya haréis la fiesta en otro momento. No creo oportuno…
-          -No, no, te llamo en diez minutos pero la fiesta se hace, mi hija está como loca…

Yo tomo la decisión de volverme a casa. Mi hija refunfuña. Son todas de la misma calaña, les da igual ocho que ochenta. Yo, yo y requeteyo. A los diez minutos me llama el padre.

-          -Que ya estamos en casa y puedes traer a la niña.
-          -No, no, creo que no es conveniente que…

Me interrumpe diez veces y me implora de todas formas que devuelva mi hija al redil. Casi le tengo que colgar. Al final cede. Respiro y sigo conduciendo. Vuelve a sonar el móvil. Es la madre.

-         - No, que ya me encuentro perfectamente. ¿Viene la niña?

Tiene todavía voz de vahído pero sigue percutiendo como si fuera una sectaria. Sí o sí. La vuelvo a convencer con tenacidad y grandes esfuerzos. Mi hija cuando comprueba mi firmeza empieza a cambiar de opinión sospechosamente.

-          -Yo si mi madre hubiese salido del hospital no celebraría la fiesta.

No le respondo por no liar una zapatiesta. Otra vez el móvil, esta vez ya no contesto, estoy extenuado de tanto cuestionamiento de mis decisiones y de tanta intromisión sin escrúpulos. Me dejan tres mensajes. La madre de una niña que ya está en la fiesta.

-       -Si quieres la voy a buscar yo. No pasa nada, ya le echaremos una mano las demás madres, pero las niñas tienen mucha ilusión.

Todo lo que les explico es muy preocupante. Moraleja del finde: el cetro del poder lo ostentan unas princesitas mimadas a las que no se les puede contrariar si uno no quiere verse atropellado por sus padres-vasallos. ¿Estamos locos?

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