Ninguna editorial en su sano juicio empresarial
elaboraría una unidad didáctica sobre las ventosidades (eufemismo gracioso). Yo
sí.
¿Esto que nos enseñas para qué nos va a servir? No
hay pregunta proveniente de mis alumnos que me reviente más (por eso me la
formulan periódicamente). Hace un tiempo la combatía con un refrán, el saber no
ocupa lugar, hasta que me di cuenta que era una solemne mentira. El cerebro es
un ente finito y mutante. Si lo llenas de basura no caben otras cosas, si no lo
dejas ampliarse con curiosidad mengua con el paso del tiempo. Podría citar a
varios neurocientíficos que corroborarían mi descubrimiento tardío pero prefiero destinar mis esfuerzo al pedo.
Empecemos la sesión con el origen del gas: a) aire
deglutido b) procedente de la digestión c) difusión del gas desde la sangre d) fermentación
bacteriana. Los profes de Naturales ya tienen faena para explicar los conceptos
precedentes. Todo quisqui aloja en su organismo del orden de 500-2500 ml de gas
intestinal diariamente. Y si no quieren empezar a elevarse cual globo
aerostático es cuestión de ir aligerando equipaje. Solo hay dos puertas liberadoras, elijan entre eructo o pedo,
no hay más. Eso sí, vigilen lo que comen porque los efectos de la descomposición pueden
ser oloríficamente mortales. Los componentes odoríferos mas comunes en una
flatulencia incluyen compuestos quimicos como el escatol, el indol, algunos
ácidos de bajo peso molecular como el ácido butírico que da el olor rancio a la
mantequilla o ciertos compuestos de azufre como el acido sulfhídrico (olor a
huevos podridos) o el sulfuro de carbonilo. Los profes de Química ya pueden
llenar una pizarra.
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Fuente: Blog Ilustración Médica. |
Si todavía no se hubiese despertado la curiosidad
del alumno, entramos en escena los profes de Historia para hablar de Joseph
Pujol, le Pétomane. Fue una estrella del pedo que debutó en el Molin Rouge
parisino en 1892 petardeando La Marsellesa al concurrido público entre el que
se llegó a encontrar el mismísimo Sigmund Freud (los profes de Filo pueden
meter cucharada en este momento).
Los profes de lenguas están pateando en el
gallinero, quieren intervenir. No lo harán hasta que no restituyan en el
análisis morfosintáctico al verbo PEER. Ejemplos de oración: Pee tú antes que pean los otros. Si peyera o
peyese (existe la conjugación, descreídos) con profusión sus amigos acabarían
abandonándole.
En la historia de la literatura hay verdaderos expertos en
el tema del pedo, quizás los mismos profes se sorprenderían de que el creador
de Gulliver, el irlandés Jonathan Swift, publicase un escatológico ensayo
titulado The benefit of Farting.
Yendo hacia la antigüedad los especialistas en griego podrían rebuscar en las
reflexiones que hicieron en su momento Cicerón, Horacio o el emperador Claudio,
sobre el arte de tirarse pedos. Incluso profundizar (sin oler) en una máxima
latina algo irreverente: “mingere cum bombis res est gratissima lumbis”
(“mear con pedos es gratísimo a las nalgas).
Yo me reservo la traca final. Una clase tan docta
y provechosa no puede acabar sin la intervención de dos genios/ingenios de la
provocación. El primero, el insigne don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y
Santibáñez Cevallos, alias Quevedo, que expresó su punto de vista sobre la
cuestión flatulenta en el breve ensayo Gracias y desgracias del ojo del culo. Dirigidas a Juana Montón de Carne, mujer gordapor arrobas.
Lléguense
al reverendísimo ojo de culo que se deja tratar tan familiarmente de toda
basura y elemento, ni más ni menos. Fuera de que hablaremos que es más necesario
el ojo del rabo solo que los dos de la cara, porque cuanto uno sin ojos en ella
puede vivir, y sin ojo de culo, no cagando, no podrá.
El surrealista y bigotudo Dalí también se suma a
la fiesta del pedo con un pequeña reflexión, El arte de tirarse pedos incluido
en su libro recopilatorio Diario de un
genio.
Pero
aquí no vamos a ocultar nada, éste se manifiesta por el ano, ya sea mediante un
estallido, ya sea sin estallido: unas veces la naturaleza lo escupe sin
esfuerzo , otras, hay que invocar la inspiración del arte, que, con la ayuda de
la misma naturaleza, le facilita el alumbramiento, que pasa a ser motivo de
deleite e incluso, en ocasiones, de voluptuosidad.
Yo imagino la mejor manera de acabar la clase,
pero los escritos no tienen volumen.