dimarts, 20 de maig de 2014

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS



Esto ya no es lo que era. Entregué las notas en marzo y ningún padre (de 30 alumnos) me pidió entrevista en el mes de abril. Nastic de plastic. Me encontré solo y abandonado. Ni que estuviésemos en el abismo del final de enseñanza obligatoria (tienen que elegir su futuro en una semana), ni que los resultados fueran escandalosamente deplorables. Pero si Mahoma no va a la montaña, ya se sabe, la montaña se desplazaba sobre ruedas a ver a Mahoma.
Lo primero que sorprende a las familias de mi acción tutorial es que convoque al alumno a la reunión. Se sienten más cómodos los padres y las madres cuando su vástago es un sujeto paciente que vive y respira en el instituto pero que no ofrece explicaciones responsables de sus actos. Esas reuniones solo a dos bandas acaban con una retahíla de lamentos que no conduce a ninguna parte. Yo le digo en casa que…. Yo le digo en clase que…. Y el interfecto tan pancho en la clase mientras los adultos se rompen los cuernos por encontrar soluciones a su sempiterna apatía.  
Esta ronda de entrevistas, tal vez dolido por el ninguneo, he rizado el rizo. Nada más entrar en la reunión pongo encima de la mesa una pregunta (esa manía de ir haciendo exámenes a trochimoche): Pasado, presente y futuro. Con pasado me refiero a los resultados del trimestre anterior, el presente pulsa un estado de ánimo y cuando saco a colación el futuro intento que lancen su anzuelo lo más lejos (objetivos a largo plazo) para elaborar una estrategia y dar los pasos conveniente en la dirección elegida.
Jeffrey Vanhoutte

Llevo diez alumnos. Cinco han optado por el mutismo absoluto. No es un decir, es una descripción empírica. Silencio sepulcral. Yo fuerzo la incomodidad. Los padres miran con indignación al adolescente que se niega a valorarse. Tres balbucearon. Sonreían. Mezclaban silencios con palabras vacías intentando que o sus padres o un servidor vinieran en su auxilio y les ahorrasen el trago. Uno, se limitó a decir bien. Y el último, un espécimen chulesco,  me exhortó a que fuese yo el que lo evaluase que era mi función. Su madre, en lugar de reprenderle por la afrenta puso cara de póker y justificó su díscolo carácter.
No tengo claro que los corderos no quisieran responder o que no supiesen. Es una disyuntiva difícil, incluso pudiera estar incluida una opción dentro de la otra. No saber expresarse les lleva al mutismo. Fuese primero el huevo o la gallina es digno de reseñar que suspendieron estrepitosamente el examen.
Les he colocado en tutoría la Masterclass de Juan Antonio Marina sobre el aprendizaje y la importancia del lenguaje. Nuestro cerebro es un motor que no ha tenido variación en los últimos 200.000 años (parece el Ferrari de Alonso) y que aprende a base de órdenes que le ofrece el propietario del vehículo. La precisión, el tono y el vocabulario con el que nos hablamos a nosotros mismos son clave. Marina también insiste en la función social del lenguaje, hablando no siempre se entiende la gente como anuncia el refrán, es cuestión de explicarse bien. El video es un ejemplo en sí mismo, el filósofo condensa en cinco minutos un saber valioso.
Parece que tanto watsap está oxidando el cerebro. 

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