dimecres, 14 de maig de 2014

BROKEN WINDOWS



El primer coche familiar fue un Ford Fiesta L (modelo barato) de color…. bueno, lo del color lo dejamos para otro día, un marrón de difícil concreción. Hablamos de principios de los 80. ¿Esas miradas asesinas? Las perdonaré porque tengo que seguir con mis disquisiciones. Mi padre no era un conductor excesivamente ducho (experto), con decirles que le pegó un piño nada más sacarlo del concesionario se lo digo todo. El pobre vehículo acumuló a lo largo de su dilatada historia (murió en un desguace con veinte años de servicio) un gran cantidad de rascadas. La actitud de mi padre siempre fue la misma, arreglarlas dentro de sus posibilidades (si hubiese tenido que pisar el chapista nos hubiésemos arruinado). Un lijado suave de la zona afectada y un rociado con un spray de un color semejante. Estéticamente quedaba como el culo, el parche saltaba a la vista, pero mi padre (que no ganó el Nobel de milagro porque teorías no le faltaban al hombre) estaba llevando a la práctica las enseñanzas de los criminalistas Wilson y Kelling (contemporáneos a sus reparaciones) que quedaron reflejadas en su artículo Ventanas rotas (Broken Windows) publicado en The Atlantic Monthly en 1982.

Consideren un edificio con una ventana rota. Si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas ventanas más. Finalmente, quizás hasta irrumpan en el edificio, y si está abandonado, es posible que sea ocupado por ellos o que prendan fuegos adentro.
O consideren una acera o banqueta. Se acumula algo de basura. Pronto, más basura se va acumulando. Eventualmente, la gente comienza a dejar bolsas de basura de restaurantes de comida rápida o a asaltar coches.

Mi padre fue más allá. Cuando conseguí pilotar el Ford Fiesta me taladraba la oreja para que no me olvidase nunca de colocar la barra antirrobo que inmovilizaba el embrague y el volante. No solo temía que le robasen el coche (por el valor, algo improbable), el mensaje que lanzaba a todo el que se acercase al mítico Ford Fiesta era claro. Tenía dueño y al dueño le importaba su destino. 


La situación de la educación me preocupa. Me encuentro en los cursos superiores de la ESO con vehículos (metáfora de alumnos) con innumerables rayadas, con todos los vidrios rotos, con el motor gripado. Sus reacciones son extemporáneas y encontrar viabilidad a su mal comportamiento y a su nulo interés es cuestión titánica. Tal vez si en su momento se hubiera atenuado los actos vandálicos (lija y spray) ahora podrían encontrar un comprador pero me temo (y no me llamen ni agorero ni destructivo ni otras lindezas que quieren apartarme de los análisis sensatos) que algunos de ellos tienen reservada plaza en el desguace antes de tiempo. Extrapolen la teoría de los cristales rotos al resto de la sociedad y serán conscientes que la crisis no es una cuestión de economía, sino de celo (cariño, empeño) que también es una de los principales teoremas de mi filósofo (con las letras justas) padre.

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