dijous, 31 d’octubre de 2013

EL SÍNDROME ABREFÁCIL



Twitter lo carga el Diablo. Una provocación  permite una respuesta instantánea, la ausencia de reflexión y el exceso de ira puede acabar en deflagración de consecuencias inesperadas. El público (muy numeroso) jalea el enfrentamiento y espolea a los gladiadores que para tenerla más larga o para sacar la pata son capaces de montar la Marimorena. Precisemos, la sangre no siempre llega al río, suele haber más ruido que nueces, más te voy a partir la cara que caras partidas. Ya lo decía Pérez-Reverte el domingo en Salvados, España es un país violento, la gente pega muchos puñetazos en la barra del bar, luego no se le pasa ni por lo más remoto montar una barricada o disparar contra el poder. Eso es harina de otro costal. No han sido pocos los damnificados de la mezcla explosiva que supone Twitter, el último caído ha sido el infalible y respetado Hermano Mayor.

Antes de entrar en la descripción de la batalla twittera quiero romper una lanza (adapto esta frase hecha en el sentido opuesto) en contra de los espectáculos televisivos regidos por lo que yo llamo Síndrome Abrefácil. El primero del que tuve noticia fue SuperNanny, una moderna señorita Rottenmeier importada de Inglaterra que entraba en la vida de familias medias españolas con el común denominador de tener ogros enanos como descendientes. El anzuelo del programa era el comportamiento de esos bichos, inicialmente producían pavor pero luego reconfortaban al respetable que redimía las travesuras de sus propios retoños con los excesos de los PieldeBarrabás que salían por la caja tonta. Mal de muchos. La Super(fácil)Nanny daba cuatro consejillos de manual a los padres y el niño después de algunas intentonas de salirse con la suya (para alargar el programa y para dar realismo a la situación) se convertía en el modelo de reinserción que todo país necesita. Yo escuchaba en mi entorno la admiración por el sentido común de esa mujer que con un hieratismo de inspiración casi mística mantenía la calma mientras por su cabeza volaban platos cargados con huevos fritos y bacon. La admiración comunitaria escondía la necesidad de creerse unas mentiras necesarias, poder cortar y empalmar las situaciones es un arma letal de la televisión para convencernos de la realidad que quiere que nos traguemos. Los malos comportamientos de los hijos tienen un origen (en su mayoría vinculado a los traumas de los progenitores), las soluciones no se encuentran siguiendo una línea de puntos, requieren transformaciones más profundas que dos lecciones de manual de autoayuda. Como el programa de la Niñera Salvaconductaagresivas tuvo buena audiencia se creó una versión adolescente y el papel de SalvadordeAdolescentesCaprichosos recayó sobre un exjugador de waterpolo con una juventud tormentosa (yo también pasé por eso, chaval) al que se le endosó el rimbombante título de Hermano Mayor. Yo me flipaba con los protagonistas del programa, quién en sus sano juicio podría creerse determinados espectáculos con una cámara grabándote. Era teatro y del malo, la necesidad de vivir una vida en stream de muchos adolescentes los empuja a salir a la palestra a ampliar sus vicios para formar parte del selecto grupo de don nadies que pueblan las pantallas patrias. La vida real es otra cosa, y ese ponderado y sensato muchachote que iba aconsejando a pipiolos descerebrados cómo debían afrontar la vida con madurez, por culpa del maldito Twitter, cayó en la trampa y dejó al descubierto lo que se escondía en las bambalinas.Se enzarzó con la competencia, un tal Frank de la Jungla, intrépido (ironía de la buena) aventurero que se dedica a hacer chorradas con bichos exóticos. En tres tuits el Hermano Mayor se convirtió en el Pandillero Mayor. Luego quiso arreglarlo pidiendo perdón (que mal está haciendo Rajoy a este país) pero el retrato ya estaba hecho.      

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