divendres, 11 d’octubre de 2013

SURF O REVOLCÓN



Punto primero, lo que no sale por la tele no existe. Punto segundo, la peña no lee. Punto tercero, lo poco que lee no lo entiende. Punto cuarto, lo queremos todo mascao. Punto quinto, los que manejan el cotarro marcan el timing de las olas. ¿Qué olas? Mi fuente de inspiración de hoy la recibí del blog de Harguindey con el post Como una ola, evocando el hit de la gran Rocío (la única, la desbordante, hasta que su marido, su hermano y su cuñá la han convertido en mártir póstuma). 

Los medios de comunicación ejercen de correa de transmisión de unas olas que se producen quién sabe dónde (Lobaton, güerve) para despistar al populacho, hay que montar zapatiestas continuas que escondan el mordiscazo que le están pegando a nuestro bienestar. La previsión del temporal está en los baretos. Usted entra, se acerca a la barra y coloca la oreja en posición de fisgoneo, en un par de minutos tiene noticias de la ola que viene, la que está y la que disuelve. ¿Quién habla hoy de Bárcenas? Cuatro chalados, ya no está en la cresta de la ola, hoy toca rajar del calvorotas de educación y de la Cruella Alaya. ¿Urdangarín? Demodé, no da para más de dos chascarrillos mientras se moja en el café con leche la última pata del croissant. Los procesos judiciales son muy largos y técnicos (y más que los alargan los interesados en escabullirse) para coger la altura de una ola surfera, pero son perfectos para tapar los huecos que se producen entre olazo y olazo. La herencia de El Caso tiene su predicamento, periódicamente hay un asesinato vil y rastrero con el que pueda disfrutar la gente de bien haciendo aspavientos. Bretón, la niña adoptada china con madre desequilibrada y padre cómplice, un par de casos de violencia doméstica con escabrosos finales, 300 muertos en Lampedusa (vergüenza limitada) o un atentado de Al Qaeda. Y como no hay ola sin pimienta (sexo), una bailecito lascivo de Miley Cirus, una sirvienta que explique las intimidades de un famoso y acabe enseñando las tetas en Interviu. ¡Ah, se me olvidaba! ¡Un penalti injusto en el último minuto a favor del Madrid! Olas de tres metros en cualquier bar de bocatas de calamares.
Los ministros ya no gobiernan, ni gestionan, ni se cuidan de sus deberes, se han convertido en vedettes que salen a la pasarela cada día de la semana, conchabados con el Gran Wyoming que es el rey del telediario de olas. Manifiestan sin rubor y con voz cabaretera que no han bajado los salarios (oh, ah, uh) o que la economía va viento en popa (descojone global). Con ritmo displicente, mientras se contonean con bata de cola escupen que el cine español no recauda más porque no tiene calidad (Torrente power), que si la penalización del aborto es por el bien de las mujeres (las tetas de Femen provocan oleadas de miradas lascivas en las portadas de los diarios) o que nos salvará de la puñetera crisis la Virgen del Rocío (imprescindible decirlo con cara de gamusina). Si el oleaje insititucional se queda corto se aprovecha una (¿solo?) excentricidad de la Villalobos, unas gotas de inglés macarrónico de la crepada Botella y vuelve el mar bravío a rugir con la ayuda de Twitter y de otras mandangas cibernéticas. Dos o tres días de efervescencia y la ola muere en la playa del olvido dejando a unos ahogados de inconsciencia y a otra exhaustos de vivir las vidas ajenas.
Como no nos busquemos una buena tabla para surfear (repasar los cinco primeros puntos del escrito) nos reiremos todo el tiempo de la cantidad de agua que tragamos en un circo del que somos los enanos.

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