dilluns, 28 d’octubre de 2013

LA INDEPENDENCIA DEL POETA



Mi compañera y yo perseguíamos al poeta. En tiempos de desvaríos personales y colectivos era necesario ampararse en su cordura. Poblamos la plaza de Sant Jaume el 23 de setiembre de 2010 y seguimos desde una pantalla gigante el Pregó de las Fiestas de la Mercè. A nuestra espalda unas voces protestaban al ritmo de las agitadas banderas sindicales, llamaban a la huelga general convocada para tres días después. El poeta les dedicó su poema La llibertat. La lllibertat es quan es fa de dia un dia de vaga general.
Con energía, con esa voz desgarrada con la que dice (verbo propio) sus poemas, retumbaron en el vetusto Saló de Cent las palabras de Joan Margarit. 

La sensatez del septuagenario que sabe que no verá lo que pronostica fue el viento que le empujó a sentenciar el final de la relación tormentosa de cinco siglos entre Castilla y Catalunya. Nadie lo tomó demasiado en serio, la crisis no se había extendido en todo su esplendor y la soga de la mayoría absoluta del PP todavía no había estreñido nuestro cuello. El poeta bilingüe (así se definió) invitaba a tomar un nuevo rumbo para mirarnos en el espejo “de Holanda o Dinamarca”. Yo que no era (ni soy) independentista de sentimiento, estuve de acuerdo con sus palabras. Es imposible el diálogo con la España rancia que definieron los integrantes del 98. Tres años después han quedado flagrantemente de manifiesto que la España que hiela el corazón no tiene intención alguna de modernizarse (¡Que inventen ellos! de Unamuno). Ladra, muerde, estigmatiza lo catalán para no aceptar sus miserias, se refugia en una Constitución que es papel mojado. Tres años después ha quedado claro que la Catalunya más rancioburguesa se suma a regañadientes a la independencia como tabla de salvación para cambiar los previsibles malos resultados electorales. El conejo sale de la chistera para embaucar a los indolentes. No nos engañen. Los que practicaron el vasallaje (interesado) durante tantos años ahora no pueden erigirse en paladines de la libertad. Los que se hacen el longui para no ejecutar a los que cometieron el saqueo del Palau (dónde está el dinero matarile) o a los capitostes de las Caixas (a qué espurios fines sirvieron los muditos) no tienen carné para dirigir ningún barco. Los que van delante de las banderas se postulan para ser los primeros chupópteros del nuevo estado independiente.
En el pregón de la Mercè Joan Margarit reprodujo las palabras del poeta (cuerdo y español) Luis García Montero: “Joan, garantízame que tu amistad nunca se independizará de nosotros”.  Me pregunto si no sería más conveniente que en las mesas de negociación se sienten los poetas en lugar de los políticos sordos.

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