dimecres, 20 d’agost de 2014

BABOSOS



Ayer estábamos mi mujer y yo sentados en una terraza del paseo principal de Manresa tomando una tónica. En la mesa de al lado había cinco babosos. La cábala o cualquier otra causalidad universal quisieron que fuera ese número y no otro. Liguen con sucesos de actualidad. ¿Por qué babosos? Cada mujer que pasaba por su espectro visual  era repasada de arriba abajo con un escáner sexual, huelga decir que las exclamaciones dirigidas a tetas y a culo eran las que elevaban la mayor ostentosidad verbal chabacana. Lo hacían sin rubor, sin miedo al qué dirán, era una ceremonia solo para machos que no despertaba susceptibilidad alguna en su entorno,  algo equiparable a escupir en el suelo (ha vuelto la moda desde que lo hacen casa segundo los futbolistas) o tirarse un pedo. No es políticamente correcto pero no se censura, no es para tanto que exclamarían si alguien interpelase su baboseo. Seguramente en el imaginario de todos los actores que operábamos en aquel escenario no desentonaba su algarabía sexista. 
Desde mi punto de vigilancia identifiqué a no más de diez metros a dos chavales que como chukies amateurs giraban sus cuellos 360 grados al paso de una morena de ombligo al aire y caderas tortuosas. Reían, baboseaban, miraban con obscenidad descarada cada movimiento de la chavalita. No había más delito que la intimidación visual y eso no figura en ningún código penal. Una pregunta cruzó por mi mente por culpa del delirio baboso que me inundaba. ¿Qué separa Manresa de Málaga? O lo que es lo mismo, ¿qué separa la civilización de la barbarie? O formulada de otra manera. ¿Qué provoca que una erección acabe en violación?


Imagino que un incremento importante de alcohol en sangre, lo suficiente para traspasar la última línea del atrevimiento y adentrarse en los territorios del acoso. No somos nosotros, el punto etílico elimina la responsabilidad y la consciencia, entramos en un mundo animal en el que todo está permitido. Imagino también que un escenario más solitario ayuda, nada de miradas inquisidoras que puedan declarar en un juicio, a las ocho de la mañana en una feria de atracciones no suele haber ni Dios. Imagino que también ayuda justificar que la falda corta o el escote prominente es una provocación que no se puede esquivar. Todas son unas putas, un grito de guerra que ayuda a seguir avanzando por el camino que fuerza voluntades. Todas menos mi madre y mi hermana, sus coños, como diría Torrente, no están en venta. Imagino también que ayuda saber que hay un resquicio legal que puede evitar problemas, ella consintió, ella quería, aunque diga que no, somos cinco para negar su versión. Imagino que también ofrecen un buen colchón los políticos que están preocupados por la fama del lugar donde gobiernan, la feria más importante del sur de Europa no se puede ver salpicada de un caso de violación, qué pensarán los turistas, no vendrán a beber fino y comer pescaíto frito pensando en que alguien les puede poner la mano en el culo a sus novias, mujeres o hijas. Imagino que también pondrán su grano de arena las recomendaciones arcaicas y rastreras de la policía que equipara a una mujer con un perro sin bozal.
Después de pensar un poquito me di cuenta que no estaban tan lejos las ciudades ni las realidades, que aquellos cinco babosos pudieran metamorfosearse en los cinco jovencitos malagueños aclamados a la salida de los juzgados. Todos los babosos no acabarán violando pero puede que los huevos se incuben lejos de donde aparecen las crías.
No será muy civilizada mi conclusión pero en vez de pedirle a las mujeres que lleven un silbato para ahuyentar violadores soy más partidario de cortarle el pito a los que lo saquen por la fuerza.
Posdata: Cèlia Sevilla, miembro de mi comunidad de conocimiento me envía un material que es necesario para ampliar miras sobre lo anteriormente tratado. La cultura de la violación.

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