dilluns, 11 d’agost de 2014

TODO SANTICO TIENE SU ROALICO



Para la perfecta comprensión del refrán es necesario intercalar un d en medio de la última palabra. Ya es conocida la afición de los sureños a comerse letras. RODAL: Mancha o espacio más o menos redondo que por alguna circunstancia se distingue de lo que le rodea.
Desde los tiempos de las cavernas necesitamos alguien que se ponga al frente, que se distinga sobre el global, que levante la vara de mando y que nos salve. Desde Moisés hasta Pedro Sánchez. Encomendamos nuestro espíritu y nuestra suerte a un superhombre, a un dios, a un señor, a un guerrero, a un papa, a un iluminado pensador, a un político que nos llevará a la independencia, a un deportista repleto de éxitos, a un cantante famoso o a un vecino que escapó del lúgubre barrio en el que crecimos para vivir en una unifamiliar en el barrio colindante. La admiración genera debilidad. No somos capaces de defender nuestro territorio, nuestra autonomía, nuestras fuerzas, nuestros fracasos y le cedemos a una persona interpuesta nuestra energía para que disponga a su antojo. Así nos va, perdiendo patrimonio por los descosidos.


El último santico en encontrársele un roalico (roalazo) ha sido el omnipotente Pujol. Una declaración de dos folios ha defenestrado del altar al personaje. Y lo más lamentable de todo este asunto son esas exclamaciones hipócritas de decepción que ha producido el descubrimiento de una fortuna de dudoso origen y de nula tributación. ¡Oh, Dios mío, cómo ha podido hacer semejante maldad! ¡Compasión, Señor, que no sabía lo que hacía! Es lógico, qué se podía esperar de un país que trabaja más en negro que en blanco y que se hace trampas hasta en el parchís. De un país en el que los mejores chorizos no son los de cantimpalo y donde los corruptos son reelegidos por mayoría absoluta. Un país donde a la que uno de los malos entra en prisión ya lo encumbran los presos para sacarle un cartón de tabaco.  
El castigo más cruel con los corruptos sería el escarnio público. El desprecio absoluto de sus conciudadanos, que nadie quisiera compartir oxígeno con el traidor de confianzas. Pero no es así, por debajo de la manta hay una admiración por el que es capaz de transgredir las normas en su propio beneficio, en el fondo se admiran los huevos y la inteligencia que guiaron sus fechorías. Los enemigos le escupirán en la cara, por enemigos no por puros. Yo me refiero a un escarnio colectivo, sereno, displicente, un aislamiento entre dos mundos. ¿Pero qué pasa si todos formamos parte del mismo mundo?
Pujol salió a la calle, en su feudo, en su pueblo de veraneo, se tomó un café tranquilamente con los vecinos de siempre, ni un reproche, tal vez unas ojeras más pronunciadas que se deberán al odio que atesora contra los que lo han forzado a encontrarse en tan delicada tesitura.. Los medios de comunicación lo siguieron y él se mostró impasible. Declaró (con su habitual superioridad) que estaba a disposición de las autoridades judiciales y tributarias (olé tú), no dijo nada de que estuviese a disposición de las políticas (en el Parlament quieren hincarle el diente). Se tropezó y estuvo a punto de darse una leche como todo hijo de vecino. ¡Nada más me faltaba esto! ¡Qué campechano! ¡Con lo que tiene encima! Ni rastro de escupitajos o de voces reprobatorias. Nada. Calma, educación, respeto encubierto. Su mujer, la ideóloga del entramado empresarial familiar, reclamando respeto a los periodistas mientras la pareja de venerables abueletes (por favor, déjennos morir en paz) iba de visita a casa de unos amigos. Abrazos y besos y el populacho en sus casas retorciéndose de dolor porque los hospitales (que se podrían nutrir con los millones del santurrón) andan cerrando camas. El primer round ya lo han salvado los Pujol, los que recibieron sus prebendas en Catalunya (unos cuántos millones) no están dispuestos a dejarlos solos, no vaya a ser que tiren de la manta y descubran que el negocio tenía muchos socios.
San Jordi Pujol, ríete un poco más de tus fieles. Amén y que te den.

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