dijous, 5 de febrer de 2015

ENTRENAR LA CULPA




La chavala objeto de bullyng mostraba su desesperación ante la cámara. “Lo que más da más rabia es que mientras yo estoy sufriendo, ellos están tan panchos”. Apelaba a la conciencia del que comete el abuso. Al Pepito Grillo que te advierte de los desperfectos de tus acciones. Los autores del documental de TV3 que abordaba el problema del bullyng escolar presentaban en el otro extremo al gran rival de la conciencia. Un chavalito chulito y mono que había humillado a unos cuantos compañeros. “Me sentía poderoso. Envidiaba lo que tenían mis compañeros. Mientras lo hacía no pensaba en nada, no era consciente.”


Las víctimas tienen mucha fe depositada en la conciencia, creen que al verdugo se le aparecerán fantasmas por la noche que no le dejarán dormir. Confían que eso suceda tarde o temprano y les hierven las heridas cuando comprueban que los malvados duermen a pierna suelta, mucho mejor que los perdedores que se remueven en las sábanas maldiciendo su suerte.
No pude aguantar más de veinte minutos visionando el laureado documental The act of killing. En 1965 el dictador Suharto se pulió a un millón de indonesios acusándolos de comunistas. Los autores materiales, gángster paramilitares, se presentan ante las cámaras sin rubor ni vergüenza, para recrear sus crímenes. Un abuelete dicharachero escenifica cómo estrangulaba a sus víctimas con un alambre, el motivo era que la sangre huele mal. Reconocía que por las noches a veces tenía pesadillas (qué menos), pero nada, de día, a la luz del sol, es un venerable anciano en su barrio donde se le teme y se le ama a partes iguales.
Las raíces del árbol nacen envenenadas. Los psicólogos y pedagogos nos vienen alertando hace muchos años del síndrome emperador de nuestros vástagos. Pensamos que es cosa de malos padres, de progenitores permisivos. Vicente Garrido, criminólogo y experto en violencia juvenil, desarma esa creencia. O al menos, no es la única causa. Asistiendo ojipláticamente a secuencias del programa Hermano Mayor cada viernes podemos comprobar las tesis de Garrido. Hay una serie de chavales que “no han desarrollado la conciencia, es decir, los principios morales que incluyen el sentimiento de culpa. No hay crecimiento moral sin dolor emocional por haber quebrado un código de conducta”. Solo pueden mantener su insatisfacción constante ejerciendo la violencia y el poder. Poco a poco la manada les aísla porque les tiene miedo con lo que se ven obligados a actuar en el ámbito privado, son monstruos que aniquilan a los que les rinden amor condicional (curiosamente su objeto de ira suelen ser las madres).
Los institutos actualmente permiten incubar estos polluelos. Aterrorizan por lo bajini y los profes se pasan el día pensandoen jubilarse para acabar con el suplicio. Miran hacia otro lado o minimizan sus comportamientos (es una de las funciones básicas de los psicopedagogos). Los rectores educativos solo se ocupan del problema cuando truena, mientras no estallan las bombas (casos que llegan a los medios de comunicación) disimulan con otros desastres más banales, por ejemplo los resultados de mates y de idiomas. Los cuchillos que lanzan por debajo de los pupitres los anticonciencia ni los huelen, en sus despachos están muy cómodos. 

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