dimecres, 25 de febrer de 2015

UNA RENDIJA



La libertad de pensamiento es un arma de destrucción masiva. El ser humano se vuelve tremendamente peligroso cuando decide interpretar la realidad que le circunda con sus propias herramientas. A la que no se le restringe esa posibilidad siempre surge la amenaza de que se volverá un carnívoro que devorará a sus propios congéneres. Alienarlo es la única medicina para que poder vivir mínimamente tranquilos en sociedad. La religión es la mejor anestesia para guardar los corderos en el cercado. La educación es la mejor máquina productora de dependientes mentales que se conoce desde el siglo XIX.
El velo. Paulina Jaimes.

Hablo distendidamente con tres alumnas musulmanas sobre el velo. Cada justificación, cada argumento, se me representa una muralla infranqueable. Se refugian en un libro sagrado, ha sido revelado por Dios al profeta Mahoma. Nada que hacer, cómo cuestionar ni un punto ni una coma de lo que ha dicho Dios (quién te crees que eres) y que ha sido respetado por sus antepasados durante siglos. A la que yo me intento asomar a alguna tapia que dejan desprotegida por su bisoñez juvenil noto que se desconfiguran momentáneamente y el disco duro parece fuera de servicio, pero a la que el Wifi doctrinal vuelve a funcionar me arrollan con la potencia de los preceptos. No hay manera.
Se suma a la conversación un alumno musulmán negro, es otra realidad. Sigue teniendo un anclaje poderoso pero su duda aparece en forma de balbuceo cuando pretende explicarme las obligaciones de su religión. Le faltan palabras, le cuesta hilvanar las razones, un soplo de libertad le quiebra el orden de la sumisión. Es hombre, viene de otro Islam más descafeinado, subsahariano, pero el peso de la tradición lastra cualquier posibilidad de vuelo intelectual. La realidad occidental le cuestiona constantemente pero no quiere considerarse traidor y al igual que sus compañeras acaba entrando en una fortaleza que le protege.
Otra alumna musulmana, precisamente la única que lleva velo, mira la escena y calla. Me ha propuesto hacer un trabajo de investigación sobre la mujer (mis semillas parece que brotan), ha aceptado mi recomendación de empezar leyendo Un cuarto propio de Virginia Woolf. Ya se ha descargado el PDF y me confesó que le gusta. Me había hablado de la realidad de su madre (permisiva pero dolida por sus ideas) y de sus tías en Marruecos (no se ponen el velo porque son maestra), su tía de aquí (aparentemente abierta de miras pero sometida sibilinamente a su marido), de su abuela (integrista radical). Ella lleva el velo pero viste de chándal lila. Sus compañeras la critican, eso no es así rezongan por lo bajini. No se tapa el cuello, ellas tampoco, pero es porque no se sienten preparadas. No lo entiendo, ellas tampoco demasiado, cambian de tercio y me hablan de actrices que hacen películas atrevidas (supongo eróticas) en Egipto (según ellas fuente de perdición) y que vuelven a Marruecos para confiesar que lo hacen por necesidad pero que les gustaría ir tapadas de arriba abajo para ser unas buena musulmana, aunque sea un solo día de su vida. Mujeres malas y mujeres buenas, la clave.  

La alumna con velo y chándal lila guarda distancia física y mental. Me parece un milagro que una mente libre haya podido florecer en medio de un pedregal tan compacto. No me atrevo a decirle todo lo que pienso, le imagino un camino muy duro. Su situación me recuerda lo vivido en esta España ahora tan laica otrora acuciada por el olor asfixiante del incienso, lo vivido por mis abuelas y mis tatarabuelas y que ahora parece superado para siempre. Solo me permito advertirle que tal vez la lucha (le dije la investigación) no haya hecho más que comenzar.     

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