divendres, 20 de febrer de 2015

PARA LO QUE ME QUEDA Y PARA LO QUE ME ESPERA



Estoy un poco hartito de las dos muletillas. Las primeras ocasiones que me crucé con ellas se aprovecharon de mi connatural benevolencia para arrancarme una cierta comprensión pero últimamente me tienen castigado el bazo porque sé que debajo de ellas hay un pesimismo interesado. 

Guillermo Bellinghausen
Para lo que me queda. Sale de la boca de los preprejubilados, hombres y mujeres de la segunda parte de la cincuentena que se despiertan soñando con los días que faltan para dejar el curro. No se crean que el pasotismo lo enarbolan cuando les quedan seis meses para darse el piro del mundo laboral, no, últimamente me encuentro gente que ya empieza a irresponsabilizarse cinco o seis años antes del célebre momento del descanso dorado (ya veremos lo que relucen las pensiones cuando lleguen). Mi réplica nace del común diagnóstico de la deplorable situación laboral que compartimos. En lugar de fortalecer los lazos de solidaridad para buscar estrategias para revertirla lo que me encuentro es una sinfonía egoísta que me advierte que ellos se bajarán del barco antes que yo y que lo que pueda suceder a los que les siguen después de que lleguen a la tierra de promisión del retiro se la repampinfla. Lo más hiriente es que en su argumentación buscan justificación a su pasotismo y quieren nombrarte cómplice sin recompensa alguna. Si se enfrentan a un rostro poco proclive a justificarlos inmediatamente despliegan un curriculum glorioso y unas gestas que muchas veces no se acompañan con certificado de veracidad. Si uno sigue resistiendo apelan a sus esfuerzos míticos, a su salud precaria, a su cansancio vital, a la falta de incentivos de los que mandan, a la crisis o a otras excusas que puedan avalar su actitud. Me parece perfecto, que hagan lo que les salga de la voluntad pero que no me vendan sus escaqueos para que los legitime. No tengo vocación de delator o de acusica pero me fastidia que muchos de los preprejubilados con sus comportamientos desertores carguen a lomos de los que se quedan tareas que son de su jurisdicción y por las que cobran la misma miseria que el pringao al que se las derivan.
Para lo que me espera. Otros que coinciden en que esto es una réplica del Titanic pero que en lugar de dejarse la piel para que cambie se tumban al sol y se ponen un disco con la sinfonía del Carpe diem que siempre acaba con el estribillo del dolce farniente. Hablo de los pretrabajadores, legión de adolescentes indolentes que me sueltan el rollo de que no hay trabajo pero sosteniendo en la mano un móvil de setecientos pavos. Pasan de estudiar (para qué), de buscar trabajo (para qué) o de limpiar su habitación (por qué). Ya se sabe, el futuro me ha hecho así. Y pretenden subyugarme con argumentos no tan lejanos de los preprejubilados. Y como me descuide ya me han colocado el sambenito de suertudo en la espalda como si fuese el día de los Inocentes, tú tienes trabajo y nosotros nunca podremos llegar a tu status. Y dan ganas de irse al primer confesionario libre y pedir penitencia por haberse dejado los codos pegados en los libros, por haber aguantado cabronadas de los jefes durante años y años y por levantarse a las siete de la mañana para currar por un exiguo sueldo.   
Hay que buscar explicación en los Maestros, Amelia Valcárcel en su magnífico ensayo Ética para un mundo global nos ofrece una explicación para entender la popularidad de las dos muletillas:

El regusto de fondo fue una sensación de desencanto moral acompañada de una estética cool. Puesto que la revolución total que cambiase y diese la vuelta a todos los valores ni se había hecho ni llevaba trazas de realizarse, se imponía dejar fluir el río del pesimismo antropológico y contemplarlo melancólicamente. Ya no quedaban ni derechas ni izquierdas, ni buenas causas, ni humor para retos nuevos. Lo único realmente nuevo —moderno— era deshacerse del baúl de ajadas esperanzas y contemplar desde la puerta de casa no cómo pasaba el cadáver del enemigo, sino a sus hijos, jóvenes con la cabeza infectada de pasado y sin sentido histórico, dirigiéndose a venerar el dinero, el poder, la ambición y todas y cada una de las demás estulticias del alma humana.


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