dijous, 19 de juny de 2014

PÁNICO




Hoy acaba oficialmente el curso y empieza un período de dos meses terrorífico para las sacrosantas familias. Para bien o para mal, aprovechadas o derrochadas, pero las criaturas pasaban seis o siete horas entretenidas en el cole. Media hora más de traslado y una hora de deberes o supuestos deberes. ¿Y ahora qué? Los padres más pudientes podrán sustituir la institución escolar por unas colonias de verano o por otros sucedáneos que llenen el tiempo de nuestra descarriada infancia y juventud con tal de no enfrentarse a la dura realidad de constatar el fardo en el que se han convertido nuestros vástagos. ¿No he sido ametrallado todavía? 


Ácido, no seas sulfúrico. Es un placer disfrutar de ellos, es un gozo para un hogar disfrutar de un chaval que está todo el día tumbado y tecleando el móvil, gozando de la manada sin obligaciones domésticas. Es un goce ver cómo se va a la piscina o a la playa y aparece por la tarde doradito de piel para engullir un bocata y enclaustrarse en su cuarto a continuar con su ardua tarea social. Es un gusto ver cómo disfrutan del verano unos pipiolos que han suspendido un carro y que no tocan un libro hasta el 31 de agosto.
El otro día mantenía conversación telefónica con una madre que me repetía una y otra vez que su hija era una sinvergüenza. Yo le había expulsado de clase por pintarse los labios, por contestarme, por no querer abandonar el aula y por tirar una silla en el proceso. Es una sinvergüenza. Las psicólogas de mi centro dirán que es un ataque a la identidad y yo pienso que es una constatación empírica de un comportamiento. Yo no creo que esa alumna sea para siempre una sinvergüenza pero tendrá que trabajar para no serlo. El primer paso es reconocer quienes son nuestros hijos/as y eso cuesta un huevo. Nosotros querríamos tener descendientes astronautas y bellísimas personas y en un período de su vida estos adolescentes rebuznan y no pegan ni clavo. Pero nosotros les queremos (¿seguro?), les prometemos el oro y el moro (la familia nunca falla) y les dejamos vivir en una mundo sin límites. Así el pánico está asegurado.
Les copio un fragmento de Los cansados (Alfaguara) de Michele Serra para que lo mediten en tiempos de histeria.

Como padre yo no tengo más que ciertas aptitudes. Por ejemplo, y no es insignificante, la de mantenerte con mi trabajo y mi esfuerzo. Sé que es indecoroso echártelo en cara (aunque igualmente indecoroso, y lo digo por lo que te toca, es olvidarlo). Pero reconozco que de todas las demás aptitudes tradicionales del padre –establecer normas, regañar, castigar, disciplinar- no soy un intérprete convincente. Las veces que trato de poner orden, hacer hincapié en las reglas, siento que tengo el tono dubitativo de quien improvisa, no el tono firme de quien está seguro de su papel. Me siento como alguien que se acuerda de repente, forzado por la emergencia, de que le correspondía el cometido de gobernar. Y no lo ha hecho. Y simula, como el más hipócrita o el más inepto de los políticos, que tiene un programa de gobierno agavillando a tontas y a locas retazos de reglas, amenazas improbables, chantajes emocionales con una voz que oscila entre el murmullo lastimero y el agudo neurasténico. En el curso de estos exaltados y afortunadamente raros mítines domésticos, dudo por lo menos de la mitad de las cosas que digo. Ya mientras las pronuncio, siento que pertenecen a un arsenal retórico vetusto, improvisado a base de pegar los retazos de viejos códigos hechos trizas, barridos por las revoluciones sociales o ridiculizados por su propia prosopopeya.

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