dimarts, 10 de juny de 2014

FOLKLORE



Llega la Lotería de Navidad y con ella la exaltación de la salud y el amor para los no agraciados. Los buenos deseos de principio de año. La ilusión de los Reyes hasta que te regalan lo de siempre. La cuesta de enero. Los carnavales y sus previsibles locuras, la Cuaresma y sus olvidados sacrificios (ya hacemos bastantes cada día). El día del Padre, sus corbatas y sus frasquitos de colonia. Y el de la Madre y sus flores. Y cuando ya se iba encarrilando el final de curso aparece por sorpresa… ¡LA SELECTIVIDAD! O uno de tus vástagos, o de la vecina de arriba o de abajo, o una sobrina o un primo, o la niña del kioskero (sí que se ha hecho mayor en dos días) o una de tus nietas, alguna o alguno, caerá en sus redes.



Cuando lean estas líneas (qué importante me siento, parezco un corresponsal de guerra), un servidor estará vigilando que los selectivos aspirantes a universitarios no copien. Tres largas jornadas en la que sufriré el complejo de juez de línea de tenis. A la que un sospechoso gire el cuello más de lo normal o haga el amago de mirar el móvil ya me tienen a mí berreando un sonoro ¡Nooooooooo!
Después de leer el diario me siento algo acongojado. Yo ya contaba que es un momento de cierta tensión, algunos (no todos, incluso diría que la gran mayoría) no se juegan demasiado en estas pruebas, el esfuerzo a lo largo de todo el año y los resultados de Primero de Bachillerato han marcado su lugar. Pero estos jovenzuelos están contaminados por la parafernalia general de una sociedad a la que le gustan las emociones fuertes (el estudio diario es muy insulso). El watsapp y las redes sociales provocan un hervor generalizado que no baja de tensión por mucho que lo sofoquen los bomberos de la cordura. Los más reputados expertos en el arte nemotécnico desaconsejan las empolladas finales por su falta de efectividad en el presente y por su nula repercusión en el futuro. La selectividad actual es un reality más. Mi congoja nace en una estadística. Uno de cada cuatro estudiantes (25%) que se presentan a selectividad sufren ansiedad.

«Para muchos de estos jóvenes, esta es la primera vez que se encuentran ante una situación límite», constata Andrés Bellido, presidente de la sección de Psicología de la Educación del Colegio de Psicólogos de Catalunya. «Lo mínimo que pueden sentir es ansiedad, sobre todo aquellos que necesitan una nota alta para poder ingresar en la carrera que han elegido».

Bellido me ha puesto los pelos como escarpias porque pensaba llevarme mi cartera con sus correspondientes utensilios administrativos y visto lo visto tendré que preparar un botiquín de urgencia. Me informa un compañero de departamento que acompaña a los alumnos de mi insti en el autocar (sí, sí, han leído bien, lo fleta el centro para evitar sorpresas de última hora) que ya les había comprado chicles para los nervios y galletas para los desfallecimientos. Todo un catedrático de Historia metido a utillero. Pienso que tal vez han estado demasiado entre algodón estos mozalbetes porque cuando van de botellón, de disco y de otras cosas que la decencia impide explicar aquí no necesitan que nadie les lleve los condones o las birras.
Al final del artículo de El Periódico encuentro un aliado que me tranquiliza, mi reflexión no es un exceso de acidez, él también lo ve parecido. Se apoda Perogrullo.

Si se estressan ahora qué pasará si un día tienen que trabajar...Tendrán que llevarles la niñera y el psicólogo al curro...

1 comentari:

  1. Con eso de que los adultos no quieren envejecer, también se niegan a ver mayores a los hijos.
    Es que los adolescentes no son mayores para todo, muchos en sus casas no tienen responsabilidades que les enfrenten a situaciones que les hagan madurar. Aunque hay de todo. Hay otros que se pasan. Puede que sean parte de ese 25%.

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