dimecres, 10 de setembre de 2014

AGOTADO



Ser catalán y vivir en Catalunya en la actualidad no es nada fácil. Uno no se puede permitir respirar, comer y dormir como el resto de los mortales, uno se tiene que pronunciar. Ser catalán y vivir en Catalunya durante los fastos del Tricentenario es insufrible, uno tiene que empaparse de Historia de Catalunya, de Historia de los EEUU y de cualquier país que sufrió ocupación y que se desvinculó del yugo opresor. 


Ser catalán y vivir en Catalunya a dos meses de la consulta (o de la no consulta) es un martirio, hay que estar al loro de todas las declaraciones, de todos los tweets, de todos los dimes y diretes, de los movimientos del Govern (de aquí) y del Gobierno (de allá), de los pasos jurídicos que puede seguir la ley de consultas, de las impugnaciones ante el Tribunal Constitucional, de lo que saben los tertulianos de TV3 y los columnistas de La Vanguardia, de lo que responden los de 13TV y La Razón, de los intrincados  escándalos de  los Pujol (ahora también de su vida amorosa, de pensarlo se me inhibe la libido), de lo que declaran los portavoces de los partidos y de lo que callan. Lo que se siente en la calle o lo que repiten los compañeros de trabajo que escucharon aquí o acullá, lo que dijo el ministro de Asuntos Exteriores de Lituania sobre si Catalunya seguiría en la zona euro o la expulsarían en caso de independencia, hay que empollarse todo el folletín sobre la censura que ejerció el Instituto Cervantes de Amsterdam con la presentación del libro de Sánchez Piñol. Ser catalán y vivir en Catalunya un día antes de la Diada es morrocotudo. Hay que conocer al dedillo las recomendaciones de la Guardia Urbana para acceder a la V montada por la ANC, ataviarse hasta los colmillos con todo el merchandising estelado, hay que seguir al minuto las encuestas de Escocia, parece que Cameron nos importa más que Rajoy. Hay que exclamarse ante la propuesta de desobediencia civil propuesta por el Gordoncho Junqueras o jalearla como si nos fuese en ella la vida. Hay que rastrear que hay en los desmentidos de la vicepresidenta y los jugueteos del Chupa Chup Durán.   
Yo no puedo más, se lo tengo que confesar con franqueza. Doy lo que doy y sé muy bien mis limitaciones. Pero les tengo que confesar que todo ese despliegue mediático ha surtido un gran efecto terapéutico en el conjunto de los catalanes.  El paro y la crisis han pasado a segundo plano, forman parte del atrezzo, es algo asimilado en nuestro paisaje, como una farola o una cagada de perro. Ya no nos angustia. Los desahucios, con su estética ochentera de revuelta vecinal no provocan más que un bufido lastimoso entre cortado y cortado. Los recortes en educación y sanidad pueden generar un me cago en… sonoro, insatisfecho, como un gargajo molesto, pero nada más, nosotros, aunque saturados por la vorágine audiovisual de la independencia no sufriremos ataques de ansiedad como en otras partes del planeta capitalista. Nosotros tenemos las neuronas tan agotadas que no estamos para revoluciones, es ver ondear la bandera y nos invade un bienestar que nos barre todos los desvelos.

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