divendres, 12 de setembre de 2014

DE PUERTAS PARA AFUERA



El comienzo del curso escolar supone una ocasión para reconocer la socialización y universalización de la educación como gran logro que obedece al esfuerzo conjunto y prolongado de todos los españoles. Que haya prácticamente ocho millones de estudiantes en la enseñanza no universitaria y de formación profesional, y en torno a un millón cuatrocientos mil universitarios hay que considerarlo como uno de los valores más esperanzadores de esta sociedad: y una enorme posibilidad para el futuro, incluso el más inmediato.

Es el inicio de la grandilocuente editorial que EL PAÍS destinó al inicio de curso el pasado 9 de setiembre. La educación sigue siendo esa burbuja de esperanzas que se fraguó en los inicios democráticos. La educación como varita mágica que transforma conciencias, que capacita, que eleva a los ciudadanos a la cumbre de sus posibilidades y que nos aleja de la miseria de Los santos inocentes, de la dictadura (aunque nos meta en otros sistemas de dominio más cibernéticos) y de otros riesgos indeseables. En los albores de la crisis, cuando los nubarrones se cernían sobre los presupuestos (por encima de nuestras posibilidades), los políticos, de todos los colores y facciones, gritaban a los cuatro vientos, que no se cruzaría la raya roja en educación y sanidad. No hace falta que les cuente lo que vino después. Lo están pagando ustedes. 


Esta mentira escrita de puño y letra por un periodista insustancial que encabeza el post, estos eufemismos que aceptamos colectivamente y que nos llenan la boca de logros que no existen, nos hunden en una hipocresía que impide una radiografía del mal que nos carcome los huesos sociales. Mis enemigos (que me he ganado a pulso y de los que estoy muy orgulloso) criticarán mi exacerbado pesimismo (algunos se atreven a calificarme de nihilista) y seguirán apelando al rosa para hablar de educación. Llevo veintitrés años entrando a las aulas y comprobando una realidad que tiene más de negro que de blanco, he estudiado las estructuras de poder que rigen el sistema educativo, he observado los roles de todos los miembros de la comunidad educativa. Y puedo asegurarles que todo el tiempo que sigamos en la nube nos afectará para deshacernos de una educación caduca que responde más a la retórica que a la práctica.
Los ciberoptismistas creen que las máquinas serán las que liberarán a la educación de sus yugos. Yo no. Yo creo lo contrario, pueden ser una nueva utilidad al servicio del poder, del que se esconde detrás de esta educación eufemística que mantiene el palurdismo generalizado como instrumento de dominio.
Lo dejo aquí por el momento, no sin antes citarles una cifra de uno de los artífices máximos del pitote en el que estamos inmersos. “A los 15 años un 45% del alumnado ha repetido al menos una vez”. El insigne WERTedero, afirma, sin rubor ni dolor, que esto no lo puede asumir el sistema (económico) actual.

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