dimecres, 24 de setembre de 2014

PIENSA MAL Y ACERTARÁS



Me gustaría ser más bueno y no pensar mal, incluso a costa de fallar. Me gustaría descubrir que mis insidiosas sospechas creadas desde el ángulo oscuro del rencor o de otros sentimientos hediondos que habitan mi flora emocional se fundamentan en ese perverso resorte malvado que desarrolla mi cerebro escorpión y no en una estadística de éxitos en la vida. Y me siento culpable de ser así. Cómo puedo siempre dudar de la bondad y de las verdad. Tendré que poner pie en pared. He decidido que los mejores profesionales de la bondad los tiene la iglesia, qué quieren que les diga, es así. Debo encontrar el perdón que tranquilice mi espíritu y me haga formar parte de su rebaño bueno, yo quiero que me crezca lana reluciente (borrego soy) que deslumbre de pura confianza en el ser humano porque lo que es ahora mi piel está roñosa de esa desconfianza que lo oxida todo.


He decidido picar alto, a grandes males grandes remedios. Quién mejor que el emérito y ultrajado Rouco Varela para llevarme por el buen camino. No me griten que no les oigo. Ha llegado el momento de olvidar viejas rencillas y ser bueno y pensar en positivo. Ave María Purísima saldrá de mi boca ahora proclive a la inocencia. Sin pecado concebida me responderá él con esa firmeza que trasmiten los que siempre piensan bien del ser humano. He pecado, padre. Esta última palabra me costará, me la tendré que arrancar de las garras ácidas que me implantó el Maligno, pero lo conseguiré, vaya si lo conseguiré, estoy llamado a las más altas cotas de bondad y no debo atrancarme porque un vocablo se resista a salir con dulzura. Padre más que padre, he pensado mal. ¿De quién? Del presidente. ¿Qué presidente? De nuestro presidente, ¿hay otro? Ah, ¿de ése? Inicialmente veo cierta desidia en su postura pero no puede escapar al interés sano que mueve mi empresa. ¿Cómo ha podido pasar? Soy así.  No me lo creo responde Rouco, seguro que te ha dado motivos. No, el mal está en mí. Niega, ladea la cabeza con la tenacidad. Padre (cómo duele la palabrita), no me creo que Rajoy haya paralizado la ley del aborto porque no tenga el consenso suficiente. Mi manía de nacimiento de no creerme nada de lo que me dicen es el origen de la ignominiosa duda. No me lo creo. ¿Es mortal el pecado, verdad?  Qué dura es la tarea de confesor, ni un despiste, ni un poder soltarse la lengua con ganas de arrasar a los que no siguen los dictados de la bondad garantizada. Yo sigo con mis golpes en el pecho. He pecado, padre, he pecado de pensamiento, he pensado que hay gato encerrado, que tanto estrechar la mano del tal Sánchez ha contaminado su pureza. Que hay temas sórdidos que se han llevado al Gallardón por delante, el adalid de la vida y de la verdad dimitido como un vulgar imputado. Cómo se ha podido tratar así al progresista incomprendido. Rouco está a punto de envenenarse de ira (jódete piensa un residuo de malo que todavía no ha podido ser erradicado). Aprieto. Él que solo siguió las directrices del recurso del PP al Constitucional en el 2010, que se le ocurrió cumplir el programa electoral y recoger el sentir mayoritario del consejo de ministros (dominado por meapilas integristas) y de los provida y de los opusdei (procrean como conejos y tienen un huevo de votos en la chistera). Padre, póngame una buena penitencia, suerte que ahora no están de moda los cilicios que si no se hinchaba. Puede mandarme aprender las diatribas de Jiménez Losantos de pe a pa o qué se yo, hacerme accionista de 13TV, o pagarle la multa a la Espe, que esa sí que cumple con sus palabras y no como el maricomplejines de Rajoy que se caga a las primeras de cambio. Beso la mano de Rouco que cuando nos despedimos me dice con voz bajita (sí, sí, ya controlo que no deslice la mano por el muslo) que si se me ocurre pecar otra vez de pensamiento contra el presi que no se me ocurra confesarme con los esbirros del sudaca (intuyo que no se lleva demasiado bien con el Papa) y que acuda siempre en su (posesivo doble) auxilio.

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