dimecres, 3 de setembre de 2014

DISPARANDO DOLOR



Al poner el acento en el carácter público de los sufrimientos privados, Beccaria ha modificado el objeto al que se le aplica el tormento, que ya no puede ser el cuerpo ni tampoco, según pretendía Foucault, el alma del condenado, sino exclusivamente la imaginación de los testigos. Por eso la respuesta del observador puede proporcionar una medida constante de la violencia que debe administrarse al reo.    
JAVIER MOSCOSO. Historia cultural del dolor.


Cesare Beccaria, ilustrado italiano del siglo XVIII, se mostró contrario a la pena de muerte y a toda forma de tormento para los reos. Rompiendo la tradición de Antiguo Régimen que proponía la ejemplaridad del castigo sobre el cuerpo humano, él se inclinaba por la cárcel como el elemento disuasorio más potente para frenar la comisión de delitos. Abandonar la barbarie para castigar sin violencia. El delincuente (impregnado de imaginario social) pondría el freno de mano al pensar en una vida privada de libertad.


La decapitación del periodista Steven Sotloff mostrada en video por los yihadistas del Estado Islámico junto con la precedente del también periodista James Foley y la anunciada del ejecutivo británico (ex soldado en misiones humanitarias) David Haines ha convulsionado los ojos de todo el mundo. Son dos muertes en medio del universo. Y una anunciada (desesperante, no se puede hacer nada por evitarla). El número es despreciable, la intensidad del mensaje que transmiten es potentísima. Los yihadistas pusieron precio a esas cabezas desprendidas de cuerpo, 100 millones parece que pedían por la de Sotloff. El chantaje es otra estrategia, gracias a este mundo globalizado en el que una imagen surgida de un desierto recóndito entra en la sala de estar de cualquier hogar del mundo por tele, ordenador o móvil. Ojos que no ven, corazón que no siente el dolor. Ojos que todo lo ven están expuestos a girar la responsabilidad sobre los que no pagan.
Las víctimas mueren a manos de sus captores, no hay elemento mediador, hay un cuchillo que rebana sus cuellos y unas imágenes fehacientes que muestran la decapitación.  Las víctimas, antes de su muerte reniegan de la política de su país y de sus dirigentes empeñados en erradicar el islamismo integrista a base de bombazos. Lo hacen sabiendo que van a morir, se ponen de parte de sus verdugos, acceden a una humillación que aparentemente no ofrece nada a cambio. Como observa Javier Moscoso en la cita inicial, el dolor se ha desplazado del cuerpo de la víctima a los ojos que lo contemplan. Y la imaginación del espectador (mucho más potente que la misma realidad) se verá afectada para siempre. El dolor se ha convertido en un elemento de poder. Los americanos tienen la potencia militar, los yihadistas apuestan por la simbología (volvamos a recordar la parálisis que generó la caída de las Torres Gemelas). Nadie seguramente querrá hablar de Guantánamo, la imaginación también nos puede ayudar. La imaginación nos dice que si te llevas bien con los propietarios de Guantánamo no hay nada que temer. La misma imaginación, también nos indica, que nosotros, simples y alejados (a lo mejor no tanto) espectadores de la barbarie yihadista estamos en la otra acera y que el cuchillo (o unas bombas como las de Atocha) pueden segar nuestras vidas como lo han hecho con unas víctimas inocentes que informaban de un conflicto inacabable.  
El dolor puede convertirse en un arma de destrucción masiva.

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